Un encuentro con el ser en perspectiva iberoamericana. La independencia pendiente de la palabra

Resumen

El presente artículo explora las posibilidades de una reflexión ontológica con sede poética, es decir, una búsqueda que tenga cimiento en la poesía. Consideramos que puede echar raíces una perspectiva pensada en español y recrear espacios fundacionales de una semántica del ser. Consolidar el punto anterior implica que la libertad real en Iberoamérica depende de una palabra fundacional, claramente pendiente. ¿Qué palabra? Toda palabra, pero acaso fundamentalmente «suelo», «idioma», «pasado común», «creencias comunes»; nociones dinámicas que nos entregarían un antídoto contra las viejas falsificaciones, pues la palabra es producto de los pueblos que la industria cultural presenta en paráfrasis vacías. Una semántica, la que nos provean los poetas, será, por el contrario, hallazgo de futuro y luego un modo diverso de refundar la racionalidad del «animal político», que es humanidad en cuanto vida histórica.

Palabras clave

poesía, ontología, hispanoamericana, Octavio Paz

Abstract

The present article explores the possibility of an ontological thought in a poetic setting, meaning, an exploration with its basis on the poetic word. We will consider that a Spanish thought perspective can take root and thus recreate foundational spaces in the semantics of the being. Consolidating the previous point implies that real freedom in Ibero–America depends on one foundational word. What word? Any word, but perhaps primarily, «ground», «language», «common past» and «common beliefs», dynamic notions that would give us an antidote against the old forgeries, because the word is the product of the people that the cultural industry presents in empty paraphrasis. A kind of semantics,the one provided by poets, will be, on the contrary, a finding of future, and then a diverse way to reestablish the rationality of the «political animal», which is humanity in regards to historic life.

Keywords

poetry, ontology, hispanic America, Octavio Paz.

Introducción

El título nos propone un camino de reflexión que no se encuentra exento de dificultades desde el inicio: ¿de qué naturaleza es ese encuentro? ¿Quiénes se encuentran? ¿Dónde se efectúa? Como precisaremos más adelante, la naturaleza de este encuentro es lírico; se encuentran las cosas y la voz que las dice. El encuentro se concreta en el poema.

Vivir la postmodernidad significa vivir el pretendido ocaso de la razón, en el que se desconoce su capacidad simbólica. La contracara del racionalismo fantasmagórico de la Ilustración ha sido la irracionalidad. En El arco y la lira, Octavio Paz señala que la burguesía nunca ha podido digerir la poesía y eligió el mundo prosaico. Esto significa que estamos sordos ante la poesía, es decir, a la música de las cosas. Este es también el impulso de la metafísica, que lo traduce como el brillo o la luz del ente en el ser.

Leer poesía y vivenciarla como propia (un lector que se apropia de un poema) es un acto genuinamente humano y resulta un gesto fundacional de la persona en cuanto tal. Como veremos, las naciones también existen en la palabra que las crea, en cuanto hacen tomar conciencia, a través de un héroe emblemático, de un destino común.

Nuestra dependencia más destructiva es que hemos generado un consumo del arte (la llamada «industria cultural»); luego, la corrupción política más grosera es la del lenguaje (le siguen las restantes). Debemos por ello redescubrir cívicamente también a nuestros poetas de Hispanoamérica (y no solo por supuesto), porque nuestro español es el lugar que tenemos en el mundo, es decir, nuestro modo de comprenderlo.

La relación de la independencia con la palabra se puede decir, por lo menos, de dos maneras: a) que no se ha realizado aún en el tiempo o b) que a cada momento el realizarse de esa independencia depende de la palabra.

Si «encuentro» es el coincidir de dos cosas en un punto (más o menos abruptamente, como sugiere el in contra de la etimología latina), de donde surge el acto de encontrarse, entonces andamos desencontrados con eso que es, «einai», «esse», en la prosapia ilustre de las lenguas clásicas.

Este desencuentro con el ser comienza a gestarse cuando se inicia el giro lingüístico; dado que la escolástica, tan solo una generación posterior a su gran maestro, Tomás de Aquino, devenía racionalismo y había quedado como vacía de su impulso creador; parecía que la sugerencia de Guillermo de Ockham —Pluralitas non est ponenda sine necessitate— debía calar lo más hondamente posible para simplificar el enjambre de silogismos.

La recomendación de no multiplicar las entidades sin necesidad resulta sin duda un enorme aporte metodológico, pero —por un derrotero especulativo que no es momento de seguir aquí— el conjunto de su filosofía terminó ocupándose de lo particular, abandonando de hecho la preocupación del conocimiento en su conjunto, a lo que llamamos metafísica. Comienza a crecer el racionalismo en términos de modernidad.

Nuestra Ibero–américa nace de un parto múltiple, pero su matriz es barroca, es decir, aquella que definitivamente comenzaba a salir a la luz, la tensión inmoderada de una eternidad marcada por la angustia ante el transcurso del tiempo y por este transido de una expectativa que no se logra. Estaba naciendo, en sentido propio, la Modernidad.

Nacimos en esa inflexión de la historia en que los ojos se debilitaban para ver la luz de lo sagrado. Es cierto que Dios significa Dios, pero también toda la historia del pensamiento que lo tenía como fundamento.

 

Tentativa de ser

El deseo natural por conocer es el inicio del proceso, en tanto que la vocación del ser implica un fin claramente determinado. Debemos afirmar de inmediato que el conocimiento en cuanto tal es un definido buscar el ser, aunque solo a veces alcanza un encuentro con el ser ese conocimiento.

El conocimiento que no llega al ser será un saber frustrado, puesto que no alcanza su propia perfección (queda parcialmente en potencia, en vocabulario escolástico), pues se detiene en la no–inteligibilidad de las cosas y, por lo tanto, permanece en el no–fundamento.

Este agotamiento del empuje ontológico implica que el conocimiento se restringe, por fuerza, al dominio de lo individual; pero el conocimiento que no es de lo otro, es decir, que no deviene aquello que conoce, no es propiamente conocimiento, sino identificación consigo mismo: mismidad transformada en objeto.

De aquí brota una actitud, pues sin alteridad no hay actualidad: solo podrá alejarse de la Mismidad en la medida proporcional en que crezca su propia alteridad. Si Objectum significa «lo que está puesto frente a» (recordemos que es el participio pasivo de objicio), ¿frente a quién está dispuesto? Se encuentra frente a una actividad consciente de un sujeto: aquello que es término intencional de la conciencia en acto.

El objeto absoluto no tiene un modo de ser conocido inmediato (la intuición) de orden intelectual, porque el objeto es sensible. Por esta razón, nos detendremos en la consideración del ser sensible.

Llamamos ser sensible al que es conocido por los sentidos y que, de algún modo, es semejante a ellos; los sentidos, en efecto, son tenidos por mensajeros fieles para desarrollar una imagen del mundo físico–sensible: allí hay un ser sensible que resulta accesible al conocimiento de los sentidos. Sin embargo, esto no implica afirmar que el ser sea solo sensible: hasta aquí solamente decimos que se requiere de un grado del ser anterior a la aprehensión de los sentidos.

Este parece el límite de la intuición cartesiana: solo podría llegar hasta donde el ser es sensible, pues ignoramos si esta intuición continúa siendo tal más allá de los sentidos. Por ello, no sería una intuición fallida, sino limitada.

Lo que se demarca aquí es la intencionalidad que está en tensión hacia el conocimiento de la cosa; sin embargo, con el mismo énfasis, debemos decir que siempre hay un movimiento opuesto al que está tensionado al objeto (la alteridad): una mismidad de la que la inteligibilidad no sale completamente (la posibilidad siempre latente de la auto–conciencia de alcanzar su ser absoluto).

Como dijimos al principio, poseer la vocación del ser no implica necesariamente realizarla. Para la mentalidad griega (y este es el gran aporte que recibimos mediante el helenismo y el medievo), el ser es lo inmediato, lo presente como fundamento de la totalidad, aunque no necesariamente implicado cognoscitivamente.

En este punto el pensador Eduardo Nicol señala que la nota característica del ser humano es su expresividad,1 es decir, que la expresividad hace patente el ser del hombre, tanto en el modo individual de su existir cuanto en lo común que tiene con el resto de los hombres.

El modo elemental en que ello se presenta los griegos lo llamaron aisthesis; nosotros, casi sin darnos cuenta, lo entendemos al modo trascendental kantiano: las condiciones formales que impone la sensibilidad (tiempo y espacio) para que sea posible el conocimiento sintético a priori.

¿Qué significaba para los griegos? Su etimología es reveladora: proviene de la raíz (proto) indoeuropea *aw, que está presente en el griego aisthesis y en el latín audire y gaudium,2 en ambos casos significa «percibir», como en Kant, pero con una sutil y enorme diferencia: «percibir entendiendo» o bien «teniendo conciencia de».

Si la percepción es el modo de alcanzar conciencia, el hombre comprende de inmediato lo evidente que es el ser, pues este no se encuentra detrás de algo, «más allá» u oculto. El ser siempre está aquí y ahora como una evidencia. Únicamente bajo la certeza de que hay ser, el ser de la expresión (que en cada caso es el ser humano) se vincula efectivamente con lo otro.3

La poética de Octavio Paz en El arco y la lira


Hasta aquí hemos recorrido al paso veloz de la presente circunstancia expositiva una visión del ser por la estructura de su conocimiento y del lugar que ocupa. Con Octavio Paz, como ensayista, seguimos la preocupación teórica por la expresión poética. En El arco y la lira leemos un breve pero preciso análisis de Góngora; allí se dice: «Ese lenguaje (de Góngora) era algo más precioso y radical que el habla: un lenguaje literario, un estilo».4

En la orientación interpretativa de Octavio Paz, en el poema, el lenguaje recobra su sentido prístino, gravemente fragmentado por la reducción que le imponen prosa y la cotidianeidad. Regenerarlo de esta carestía de su propia naturaleza implica que el arte debe transitar hacia la reconquista de sus valores sonoros, plásticos y significativos.5

Aquí ingresamos directamente en el nuevo trato con el ser. En efecto, esta actitud de salvar las cosas de la opacidad cotidiana, que es propia del arte, implica llevarlas a su nivel más significativo en cuanto formas, sonidos y colores. Con la bella y precisa expresión de Octavio Paz:

La piedra triunfa en la escultura, se humilla en la escalera. El color resplandece en el cuadro; el movimiento del cuerpo, en la danza. La materia, vencida o deformada en el utensilio, recobra su esplendor en la obra de arte. La operación poética es de signo contrario a la manipulación técnica. Gracias a la primera, la materia reconquista su naturaleza: el color es más color, el sonido es plenamente sonido. En la creación poética no hay victoria sobre la materia o sobre los instrumentos como quiere una vana técnica de artesanos, sino un poner en libertad la materia.6

La expresión «poner en libertad la materia» posee vastos alcances. En principio significa que las cosas alcanzan un nuevo fulgor de su existencia en el canto de los poetas; de hecho, como dice Paz: «se convierten en otra cosa»,7 es decir, sin abandonar su carácter de cosa (la «coseidad») y su consiguiente condición instrumental (lo propio de ser cosa para el mundo de la técnica) vuelven a su condición original. ¿Qué significa este giro? Alcanzar lo que realmente son, es decir, «brillo del ser en el ente».

Si en el fundamento de la comprensión del ser se encuentra la palabra, también las sociedades, a lo largo de la historia, dependen de la palabra para existir, aun como entidad política:

Todas las sociedades han atravesado por estas crisis de sus fundamentos que son, asimismo y sobre todo, crisis del sentido de ciertas palabras. Se olvida con frecuencia que, como todas las otras creaciones humanas, los Imperios y los Estados están hechos de palabras: son hechos verbales…8

Cuando las palabras se corrompen y los significados se vuelven inciertos, el sentido de nuestros actos y de nuestras obras también es inseguro: «Las cosas se apoyan en sus nombres y viceversa».9

Así como Grecia (y con ella Europa y con ella nosotros) no hubiese sido como fue si en sus raíces no hubiese estado Homero y la claridad de su semántica olímpica. Del mismo modo, las naciones europeas nacen al calor de las leyendas y de los poemas épicos, que comenzaron a crecer desde que se consumó la caída misma del Imperio Romano de Occidente; en estos poemas nacen las naciones porque allí precisamente alcanzaron conciencia de sí mismas.

En efecto, por obra de la poesía, el lenguaje común se transformó en imágenes míticas dotadas de valor arquetípico. Rolando, el Cid, Arturo, Lanzarote o Parsifal son héroes, modelos.10

No sin reservas conceptuales importantes, Octavio Paz considera que aquel concepto de las creaciones épicas puede ampliarse al nacimiento de la sociedad burguesa: las novelas. Cierto, lo distintivo de la edad moderna, desde el punto de vista de la posición social del poeta, es su posición marginal: «La poesía es un alimento que la burguesía —como clase— ha sido incapaz de digerir. […] la poesía moderna se ha convertido en el alimento de los disidentes y desterrados del mundo burgués. A una sociedad escindida corresponde una poesía en rebelión».11

Martín Heidegger ha expresado la situación de la poesía en nuestra época de una manera admirable. En el conjunto de aforismos que es su obra Desde la experiencia del pensar, leemos desde el inicio: Llegamos demasiado tarde para los dioses y muy pronto para el ser, cuyo iniciado poema es el hombre. Octavio Paz lo interpreta en estos términos:

El hombre es lo inacabado aunque sea cabal en su propia inconclusión; y por eso hace poemas, imágenes, en las que se realiza y se acaba sin acabarse del todo nunca. Él mismo es un poema: es el ser siempre en perpetua posibilidad de ser completamente y cumpliéndose a sí en su no–acabamiento. Pero nuestra situación histórica se caracteriza por el demasiado tarde y el muy pronto. Demasiado tarde: en la luz indecisa, los dioses ya desaparecidos, hundidos sus cuerpos radiantes en el horizonte que devora todas las mitologías pasadas; muy pronto: el ser, la experiencia central saliendo de nosotros mismos hacia el encuentro de su verdadera presencia. Andamos perdidos entre las cosas, nuestros pensamientos son circulares y percibimos apenas algo que emerge, sin nombre todavía.12

Los poetas y la voz pendiente: Octavio Paz

Hemos seguido el pensamiento de Octavio Paz en este ensayo brillante. Veámoslo ahora en acción: En la calzada. Se trata de un poema con un claro movimiento narrativo en torno de un escenario urbano: esa parte de la calle que está comprendida entre dos aceras es el torrente en el que el yo poético observa y rescata el escenario del mundo:

El sol reposa sobre las copas de los castaños,
sopla apenas el viento,
mueven las hojas los dedos, canturrean,
y alguien, aire que no se ve, baila un baile antiguo.

Si lo poético de la poesía radica en el nombrar, la petición de las palabras consiste en un retorno a la originalidad de su ser: en esto consiste su obrar, en desbrozar al ente de la utilidad, en dejar al descubierto lo que este es.

Tal propiedad de la poesía queda expuesta en el poema que nos proponemos analizar: el deslinde del yo poético en el horizonte de las cosas, en cuya presencia ese yo reconoce y se reconoce: el sol reposa, casi no hay viento, el leve movimiento de las hojas parece decir algo; el aire «baila un baile antiguo».

El poder real de la palabra es nombrar y así instalarnos en un «baile antiguo», es decir, en la instancia fundacional de la palabra y del ente, en una relación inagotable de sentido. Se trata de una percepción unitiva del ser («luces enlazadas», «ramas que se abrazan») que culmina en el verde de un paisaje submarino, que asciende al oro que culmina en luz: luz que acaba en sabor, luz que se toca.

Este reino de la luz se ha tornado inteligible, pero no ha perdido su materialidad, como se advierte en las sinestesias (este entrecruzamiento de dominios sensoriales nos abre el primer sendero hacia la aisthesis). Este sentido eminente abre paso al segundo movimiento del poema: Esta calzada desemboca al paraíso de los verdes…

El movimiento ascensional («desemboca al paraíso») se sostiene en el estado especial del lenguaje: el estado de total significación,13 solo en esta tensión comienza una serie de círculos concéntricos: en el primer verso del poema hay un sol que «reposaba», como imagen del yo–poético que contempla el ser–sentido.

 

Conclusiones

En este escrito hemos insistido en confirmar lo que afirmamos desde el título: a) es posible una reflexión ontológica desde la poesía: el ser des– cubierto y cimentado en la palabra poética; y b) que la libertad real en Iberoamérica depende de una palabra fundacional, claramente pendiente o bien en su expresión o bien en su audición por los pueblos (si es que podemos recuperar esta noción desde el concepto de masa organizada que nos diferencia).

Respecto del primer punto: el intento de Heidegger por des–centrar el pensar del sujeto ha culminado en la centralidad del lenguaje (die Sprache spricht): un habla de algún modo exterior al hablante es un intento de enunciación perfomativa por asumir una realidad que torne a ser objeto. Aquí puede echar raíces una perspectiva pensada en español. Reconocer la presencia del ser sin que implique instancias cognoscitivas es un camino abierto también por la poesía ibero–americana, que recrea espacios fundacionales de una semántica del ser.

Respecto del segundo punto: como se ha señalado en un estudio sobre la independencia semántica en las «primeras letras» de Hispanoamérica, una de las formas de indagación de las semánticas y sus cambios es el análisis de determinados vocablos o expresiones que no serían meramente cambios caprichosos en el registro léxico de una sociedad determinada, sino que estarían vinculados al ascenso de determinados grupos y a sus proyectos de reproducción y cambio social.14

¿Qué palabras? Todas, pero acaso «suelo», «idioma», «pasado común», «creencias comunes», no deban estar ausentes; nociones dinámicas que nos entregarían un antídotos de las viejas falsificaciones. Las grandes palabras son productos de los pueblos que la banalidad cultural presenta en paráfrasis vacías. Se constituye una perspectiva de independencia desde la palabra para interpretar los aportes foráneos y recrea una semántica fundacional: ser y deseo de ser.

La política es formativa de la individualidad del hombre porque representa la intervención del pensamiento en la acción humana. Lo fundamental, el hecho natural, neutro y primario, son las tendencias irracionales del hombre no individualizado.

Una semántica, la que nos provean los poetas, será por el contrario, y en primer término, hallazgo de futuro y luego ese otro modo de redescubrir la racionalidad en el «animal político», que es humanidad en cuanto vida histórica.

 

Notas

1. E. Nicol: Metafísica de la expresión, p. 93.
2. J. Pokorny: Indogermanisches etymologisches Wörterbuch.
3. E. Nicol: op., cit.
4. O. Paz: El arco y la lira, p. 18
5. Ib., p. 22
6. Id.
7. Id.
8. O. Paz: El arco y la lira, p. 29.
9. Id.
10. Id.
11. Ib., pp. 39– 40.
12. Ib., pp. 268–269.
13. G. Steiner: Extraterritorial. Ensayos sobre literatura y la revolución del lenguaje, pp. 178–180.
14. Caruso, M.: «La emancipación semántica: “Primeras Letras” en Hispanoamérica (c. 1770 – 1840)», pp. 39– 51.

Referencias

Caruso, M.: «La emancipación semántica: “Primeras Letras” en Hispanoamérica (c. 1770– 1840)» en Bordón 62 (2), 2010, pp. 39–51
Heidegger, M.: Desde la experiencia del pensar (traducción, introducción y comentario de Claudio Calabrese) Buenos Aires, Vórtice, 2014 (edición electrónica)
Nicol, E. Metafísica de la expresión, México, Fondo de Cultura Económica, 1974
Paz, O. El arco y la lira, México, Fondo de Cultura Económica, 1972
Steiner, G. Extraterritorial. Ensayos sobre literatura y la revolución del lenguaje, Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2000, pp. 178–180

 

Claudio César Calabrese

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