Un comentario al «republicanismo» de Maquiavelo en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio

Resumen

Contra la tendencia dirigida a hacer de la obra política de Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, un antecedente teórico sobre el cual se ha construido el republicanismo moderno y, por ende, lo que se entiende hoy por democracia. Presentamos una revisión esquemática de esta obra pretendiendo establecer el origen, el sentido y el fin de la concepción de república mixta ideada por el florentino, con la cual, por una parte, se puede constatar la ruptura con el republicanismo clásico; por otra, se debe reconocer su muy escasa relación con los ideales de la democracia tanto antigua como moderna.

Palabras clave

Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, política, republicanismo, democracia

Abstract

Against the tendency to make Machiavelli’s political work, Discourses on the First Decade by Titus Livius, a theoretical antecedent on which modern republicanism has been built and therefore what is understood today by democracy, we submit a schematic review of this work, trying to establish the origin, meaning and purpose of the conception of mixed republic devised by the Florentine, with which it’s possible to verify, on the one hand, the break with classical republicanism; but, on the other hand, the very poor relation with ideals of both ancient and modern democracy must be recognized.

Keywords

Machiavelli, Discourses on the First Decade of Titus Livius, Politics, Republicanism, Democracy

Como lo señala el título, este escrito tiene la intención de llamar la atención al lector sobre lo que, a mi manera de ver, se ha hecho común entre ciertos comentaristas de la obra de Nicolás Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, especialmente entre algunos representantes de la corriente liberal de raigambre anglosajona, la tendencia a interpretar el significado del «republicanismo» que ha asumido el florentino en este tratado como un antecedente y una marca de orientación directa del republicanismo moderno, asimilándolo en la misma forma y sin ningún reparo a la democracia contemporánea. Esta opinión es un sin duda un error que lleva a muchos intérpretes, v. gr., Quentin Skinner y Philip Pettit, a equiparar la tradición republicana romana con la tradición democrática griega, sin tomar en cuenta sus diferencias y el contexto histórico y social que los separa. Abordaré este aspecto en la última parte del presente escrito; por ahora, cabe destacar que desde el primer momento que nos encontramos con esta obra política, al contrario de lo que ocurre en El Príncipe, se observa la intención republicana que tiene Maquiavelo inspirado en la tradición romana, lo cual es tan evidente como que su guía histórico es Tito Livio, por lo que llama la atención que se ponga en discusión su objetivo. No obstante, hay que reconocer también que esa aparente sumisión al pasado romano republicano se disipa cuando se cae en cuenta de que la tendencia general de la obra no es la de ensalzar al modelo tradicional, sino el de contrastarlo con el presente florentino. Aún más llama la atención desde el principio el escaso o nulo uso de la obra del republicano más destacado del período clásico, es decir, Cicerón, lo que nos hace intuir desde un comienzo que el republicanismo que va a defender Maquiavelo no es el mismo de los Catones, Salustio, Polibio o el propio Tito Livio; quizás es lo que puede llevar a pensar que su ensalzamiento del pueblo va a significar la apertura hacia una idea de democracia helénica o, a lo sumo, de un republicanismo popular al estilo del vivido en Florencia con Savonarola al final del siglo XV.
Con todo, la novedad de la propuesta de Maquiavelo radica en su reconocimiento y respeto al pasado republicano romano, pero sobre todo en la forma crítica de asumir ese pasado; mas tal toma de posición, si bien pone al pueblo en el centro de la dinámica de la vida republicana, no pretende concebir un modelo democrático o igualitario, destructor de las jerarquías y los privilegios sociales y políticos de la aristocracia a la manera de la Atenas de los tiempos de Pericles, sino que pretende ante todo concebir el sistema político más duradero y estable posible, paradójicamente, gracias a su capacidad de mantener vivo el conflicto entre los sectores más opuestos de ese orden social: el pueblo y la nobleza. De modo que, lejos de pretender un ordenamiento político en el cual la hegemonía del pueblo y la igualdad social signifiquen el fin de las contradicciones dentro de la estructura política, trata de conservar a la aristocracia como clase fundadora del Estado, sus tradiciones y privilegios junto con la presencia del monarca como fuente del poder y árbitro de las luchas entre las clases sociales en pugna. Así, la aclaración que pretende hacerse en este ensayo consiste en establecer los elementos mínimos que posibilitan pensar el «republicanismo» de Maquiavelo, esto es, el origen, el sentido y el fin del modelo republicano mixto, es decir, que congrega las tres formas de regímenes puros (monarquía, aristocracia y democracia) en un mismo sistema y bajo una suerte de equilibrio que debe impedir la hegemonía de cualquiera de estas formas de gobierno.
En todo esto, no se puede perder de vista que la propuesta del florentino debe ser comprendida como una concepción teórica jamás puesta en práctica en sentido estricto, lo que no quiere decir que no haya inspirado los modelos republicanos modernos o que por lo menos su análisis no contenga los elementos básicos y las constantes que han caracterizado los modelos republicanos desde los clásicos hasta la modernidad. Sin embargo, lo que se debe advertir desde un comienzo es la imposibilidad de reconocer en esta propuesta de «republicanismo» una forma equivalente a la democracia moderna y más bien se podrá observar la tendencia estructural de este sistema a que —en dos momentos clave de su desarrollo: el de fundación y el de corrupción— las formas autoritarias, es decir, las formas de ejercicio de la autoridad sin límite legal ni control institucional se hacen presentes ya para dar origen a un nuevo orden, ya para dar punto final a una situación de anarquía e inclusive se insertan tales formas de autoridad —capacidad de reformar el Estado o mejorar una situación anómala concreta— dentro de su propia organización legal como un medio de previsión para contrarrestar la inevitable corrupción inherente a cualquier orden político, pero también para evitar que ciertos actos de autoridad se transformen en formas abiertamente autoritarias. Por consiguiente, según esta visión, la vida republicana no pasaría de ser más que un orden institucional que permite el despliegue moderado de la vida común, consiguiendo así el régimen político más duradero y capaz de conservar la coexistencia pacífica entre individuos de diferente clase social y con intereses opuestos, un interregno de orden, libertad y tolerancia logrado entre momentos de caos o anarquía (de donde surge un orden promovido por una autoridad fundadora sin límites ni control) o por el temor a perecer en un nuevo caos, por lo que una nueva autoridad reformadora (salvadora o con poderes extraordinarios), retornando a los principios que dieron origen a la república, se dirige a evitar su decadencia o el destino cíclico que le corresponde a toda organización humana.
Veamos entonces cuáles son esos elementos que, según Maquiavelo, determinan ese sentido de la vida política republicana:

Origen

Es de sobra sabido por los historiadores de las ideas y los teóricos de la política que la idea de república mixta concebida por Maquiavelo en Discursos sobre la primera década de Tito Livio está lejos de ser una idea original; como lo anotamos antes, sabemos que se inspira y sigue a la más profunda y exitosa tradición política de la antigua Roma. La influencia de algunos de sus teóricos como Cicerón o de historiadores romanos que le antecedieron como Salustio o el griego Polibio es evidente en esta obra en específico;67 sin embargo, es claro que Maquiavelo va más allá del naturalismo que caracteriza a estos pensadores: niega la obligatoriedad a la que deben someterse los procesos políticos, abandona en cierto sentido la idea que sostenía en El Príncipe de una «refundación» de Florencia por un caudillo al que se le consagraría el poder absoluto como base de un nuevo ciclo desde el cual se van quemando las etapas de crecimiento y decadencia.68 El florentino, por el contrario, en los Discursos confía en la capacidad que tiene una república mixta de funcionar normalmente durante un período más o menos largo saltándose la fase del reinado de la represión y de los abusos del tirano a la reeducación del ciudadano.
Desde el principio, en los Discursos hay un intento de filiación entre los diferentes regímenes políticos, la idea de una constitución mixta que contendría las características propias de los tres regímenes considerados buenos (monarquía, aristocracia y democracia). Tal régimen estaría en condiciones de ser más duradero que cualquiera de las formas puras por sí solas, evitando provisionalmente el cumplimiento fatal de cada uno de los ciclos que describía Polibio como ley natural que le corresponde a cada régimen.69
No obstante, es necesario recordar que, según la clasificación de Maquiavelo en El Príncipe, no había una sola clase de príncipes y principados, sino una gran variedad, entre los cuales destaca aquellos en los que el príncipe crea, mantiene o restaura un reino. En esta categoría se afirmaba, paradójicamente, la vocación republicana del príncipe, es decir, la de aquel que estaba interesado en gobernar legalmente por un tiempo limitado, como lo hicieron los cónsules romanos, cuya función era un sucedáneo de la función monárquica en el sentido de las instituciones republicanas.70 Sin embargo, otro caso era el principado cuyo orden político estaba corrompido, situación que lo hacía susceptible de ser conquistado por la violencia de las armas, pues los plenos poderes recaen en una potestà quasi regia, cuya función podía ser la tiranía o la restauración de repúblicas viables.71
Así pues, la premisa que sigue el florentino en primera instancia establece que, en un orden político no corrompido y acostumbrado a vivir en libertad, el monarca no es solo un fundador y el señor de un principado en el sentido que lo entiende en su pequeño tratado, sino también el refundador y señor absoluto, aunque provisional, de una república, es decir, lo que distingue el orden político no corrompido del que está en descomposición es la disminución de la cualidad autoritaria, o mejor, la limitación de los poderes respectivos que por su finalidad o por su uso tienen tales poderes. De ahí que el problema crucial en este punto es poder establecer desde sus comienzos los fines o intenciones del príncipe; pero, en el nivel de la fundación como de la refundación, solamente el príncipe sabe cuáles son sus intenciones y está a su arbitrio simularlas. De manera que, si logra convencer al pueblo, este le seguirá y solo sabrá a posteriori cuándo las intenciones que una vez creyó eran buenas resultaron malvadas.72 Por consiguiente, el origen de la república en los Discursos sigue teniendo como instancia fundamental la relación existente en toda comunidad humana reconocida por Aristóteles como natural, es decir, en cualquier organización social hay siempre gobernantes y gobernados.73 Pero, sobre la misma base que con descaro el florentino plasma en El Príncipe, considera en los Discursos la violencia como elemento indispensable de la vida política, salvo una pequeña diferencia con la que puede resaltar su carácter positivo: «en toda república hay dos espíritus contrapuestos: el de los grandes y el pueblo, y todas las leyes que se hacen en pro de la libertad nacen de la desunión entre ambos…».74
Como se puede observar, en los Discursos Maquiavelo relativiza sensiblemente aportes que describía en El Príncipe. En su escrito más maduro, el príncipe no es ni más sensible ni más afable, pero sí más humano, pues es tan falible como otros y más peligrosamente falible que otros; conquista el poder no como un fin sino como un medio. Concibe el principado partiendo de su naturaleza transitoria, es decir, reconoce los hábitos y las condiciones sociopolíticas locales, asegurando la tranquilidad del pueblo mediante leyes e instituciones similares a las de la república romana, «más conformes a la vida civil y libre».75
Es verdad que una república orientada sobre las disensiones entre el pueblo y los grandes —los dos humores— en una república mixta conserva las constantes que Polibio percibió y de alguna manera Cicerón quiso evitar, esto es, no cambia en nada la profunda desconfianza hacia los grandes ni sus simpatías personales por el pueblo; sin embargo, el florentino está convencido de que, más allá de la «insolencia» natural que caracteriza a los grandes, estos constituyen un elemento necesario para el equilibrio republicano;76 de hecho, demuestra que son más peligrosos en la oposición o exiliados que integrados al funcionamiento de las instituciones.77 La novedad de la postura de Maquiavelo reside exactamente en este punto, en contra del modelo de Polibio y Cicerón: una república no logra ser libre ni dinámica sino gracias a las contradicciones entre sus dos extremos sociales (umori), a saber: el pueblo y la nobleza. ¿Acaso no fue la exclusión de la aristocracia la causa de la ruina de la república de Soderini? ¿No fue la anulación maliciosa en los primeros cargos de la ciudad de ciertas personas de espíritu elevado lo que mantuvo secretamente entre los florentinos la nostalgia por los Medici?

El sentido de la República Mixta

Es evidente que la república mixta, lejos de borrar de un trazo las desigualdades y las jerarquías basadas en el espíritu, las conserva. Parece ser que Maquiavelo pretendía más bien abrir sutilmente un portillo de ascenso y descenso social, nunca habla de un pretendido igualitarismo; en cierta forma, lleva a reivindicar la posibilidad de que ciertos elementos populares puedan acceder por méritos a las plazas tradicionalmente reservadas a los espíritus elevados sin dejar que estos sigan siendo los más numerosos en esos cargos.78
Esta posibilidad de facilitar que hombres de condición modesta accedan a cargos superiores de la república no pretende una revolución social, sino todo lo contrario: dar un lugar a los grandes, a la oligarquía florentina, como modelo moral y con experiencia burocrática que con generosidad educa y abre paso a la habilidad y el talento de los selectos elementos que provienen del pueblo, obviamente, sin dejar de mantener el control de las vías de acceso al poder.79 Es así una solución real e inmediata que abandona toda aventura o nostalgia por recrear en Florencia un régimen popular análogo al que había experimentado la ciudad entre 1492 y 1512; procura comprender que, para conseguir la estabilidad de la república, el pueblo florentino no puede seguir pensando en excluir a los grandes sin poner el Estado en riesgo de caer en una condición más abyecta que aquella a la que había llegado.
En ese orden de ideas, desde el punto de vista histórico, ni la república mixta vivida por la antigüedad romana ni la concebida por Maquiavelo fue una democracia, entre otros factores porque ninguna de ellas aspiraba a la igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos en el acceso a los cargos públicos ni mucho menos a la rotación y distribución en el ejercicio de la burocracia o en los puestos de mando; sin embargo, entre la concepción de los clásicos romanos y la del secretario florentino hay una variación fundamental, a saber: Cicerón y el propio Tito Livio, en su modelo republicano, no pretendían involucrar activamente al pueblo en la génesis de la constitución o en la dirección plena del gobierno; por el contrario, ellos marcan en sus obras la desconfianza que tienen por la plebe debido a su tendencia a ser movidos por las pasiones, lo que los lleva a terminar sus inconformidades en tumultos. La tradición más antigua, como es el caso de Salustio, reclama del pueblo una aceptación del gobierno o de la ley creada por otros;80 esta idea no desaparece del todo en Maquiavelo, solo que su concepción de res publica da mayor realce al pueblo y busca en una estructura jurídica, concretamente en el sistema legal de acusación, el medio propicio donde los ciudadanos —nobles o plebeyos— desahoguen sus inconformidades sin tener que acudir a las armas o a buscar la intervención extranjera.81 Este punto debe verse como una apertura frente al cierre del republicanismo clásico para dar la oportunidad al sector popular de acceder a los cargos públicos sin caer en la tentación de Cicerón de impedir que la plebe tome sus causas por sí misma y mejor sea representada en el tribunal por los patricios.82 En Maquiavelo, el protagonismo del pueblo es evidente, por lo que el gobernante y el legislador no actúan ni legislan sino en función del reconocimiento de que un pueblo libre es más difícil de gobernar si se intenta hacerlo mediante la violencia; es más, la estabilidad de la república dependerá de la capacidad de conservación de la libertad del pueblo y de la menor coacción e intervención de las instituciones en sus intereses privados: «Pero por lo que respecta al […] deseo popular de recuperar la libertad, no pudiendo el príncipe satisfacerlo, debe analizar por qué razones quieren ser libres, y encontrará que una pequeña parte quiere ser libre para mandar, pero todos los demás, que son infinitos, desean la libertad para vivir seguros»; más adelante añade:

a los que les basta con vivir seguros, se satisfacen con facilidad haciendo leyes y ordenamientos en los que, a la vez que se afirma el poder, se garantice la seguridad de todos. Y si un príncipe hace esto y el pueblo ve que no rompe la ley por ninguna circunstancia, comenzará pronto a vivir seguro y contento.83

En efecto, desde la perspectiva de la historia de las ciudades del Renacimiento, el pueblo era la base de las comunas de las ciudades italianas, estaba conformado por gente modesta, pequeños propietarios y mercaderes, artesanos e incipientes manufactureros aglutinados en lo que desde los primeras experiencias republicanas de Florencia se conocieron como las «artes menores»; las «artes mayores» son sus rivales naturales, integradas por los grandes comerciantes junto con el creciente sector de banqueros, de donde provenían los Medici, los cuales se unían a la antigua nobleza terrateniente y militar; dicho de otra forma, los dos sectores recreaban lo que había sido la antigua rivalidad entre patricios y plebeyos en los tiempos de la república romana.84
Desde la perspectiva de Maquiavelo, tanto en El Príncipe como en los Discursos, se valora el juicio popular, pero la confianza del florentino no recae en la plebe, sino en el poder de quienes pueden manipular este juicio por el bien de la República: «Porque a un pueblo licencioso y tumultuario un hombre bueno puede hablarle y llevarlo al buen camino».85 Paradójicamente, la fuerza del pueblo deriva no de sí mismo, sino de su capacidad de ser dirigido y, por tanto, de la unidad que consigue bajo la guía de un buen príncipe. Maquiavelo observa cómo el papel de la retórica es fundamental para persuadir a los hombres de lo que es correcto bajo ciertas circunstancias y en relación con la salus populi.86 Elevar el juicio popular consiste en mejorar la aptitud de sus líderes para manipular dicho juicio.87 La capacidad del pueblo queda limitada a respetar la ley y las instituciones republicanas, pero no a fundarlas ni a juzgar las propuestas más adecuadas; en una república, se reduce a su disposición de aprender a escuchar bien y decir «sí» o «no»;88 de acuerdo con ello, Maquiavelo dirá: «Y si los príncipes superan a los pueblos en el dictar leyes, formar la vida civil, organizar nuevos estatutos y ordenamientos, los pueblos en cambio son superiores en mantener las cosas ordenadas, lo que se añade, sin duda, a la gloria de los que las ordenaron».89
No obstante, tampoco se puede perder de vista aquello en lo que podríamos confirmar el antidemocratismo de Maquiavelo en la exigencia de la presencia de la aristocracia dentro de su modelo republicano. Esta es justificada por el florentino acudiendo a la historia de Esparta tanto como a las ideas que preconiza Cicerón, esto es, la aristocracia es la clase que garantiza la conservación de los principios morales y políticos sobre los que se fundó la república.90 La diferencia con el modelo de Maquiavelo radica en que la finalidad del florentino se dirige a conseguir una forma de organización práctica orientada a posibilitar un gobierno autónomo basado en la lucha política y la libre competencia entre las clases sociales, impidiendo la absoluta exclusión de la aristocracia de los asuntos del Estado, como lo deseaban en su momento los partidarios de Savonarola o, después de este, la república de Soderini al querer mantener en el exilio a los Medici y a su círculo de amigos, lo cual fue, según el secretario florentino, la causa de sus desgracias.91
Así, Maquiavelo, inspirándose en la discordia entre patricios y plebeyos de la república romana, que según su punto de vista era la base del dinamismo y el éxito de la antigua Roma, pretendía, paradójicamente, poner punto final a las luchas facciosas, es decir, la pugna interna entre los mismos aristócratas de Florencia que, por el contrario, hacían del pueblo solo un instrumento de esas pugnas. Por ello plantea la necesidad de poner fin a la práctica del obligado exilio al que se destinaba al rival vencido y demuestra, por lo menos en el papel, que una organización institucional que conserva, mantiene la pugna y la competencia entre las clases no altera la ley, sino que la fortalece; es más, en ello radica su potencia, la pone a prueba y, cuando es necesario, provoca su reforma.92 En ese punto, el papel del gonfaloniero, príncipe o monarca se convierte en el de un árbitro, un moderador de la «soberbia» de la nobleza y de las pasiones del pueblo;93 en otras palabras, este modelo configura un orden de coexistencia entre las clases sociales sin que desaparezcan las diferencias ni las rivalidades; por el contrario, sobre ellas se estimula la dinámica del Estado a través de los acuerdos que se consigan en las instancias respectivas, como el Gran Consejo o entre los Diez de la Libertad y de la Paz (Dieci di balìa), resultantes del debate político y el sufragio. Mas ¿cómo hacer que la libertad sea realmente un bien común y no un medio para que cada sector en lucha quiera suplantar el interés general con el beneficio particular?

Fin: el bien común

Sin duda, el fin de la república mixta es la protección de la libertad de sus ciudadanos; pero, por el origen y el sentido que tiene la organización política diseñada por el florentino, como medio de convivencia de los ciudadanos, se debe partir de la iniciativa del príncipe para orientar e impulsar un orden jurídico dirigido el bien común; mas, del mismo modo, se requiere del consentimiento del pueblo, que legitima y posibilita la intervención del poder en sus asuntos particulares en cuanto afectan el interés general. Consentimiento que, como fue señalado, no se hace a partir de un derecho natural que derive en pactos o contratos entre iguales, sino a través de la aceptación tácita o explícita de la superioridad y el dominio del príncipe fundador y de las instituciones que de su acto fundador derivan. De manera que las demostraciones públicas de inconformidad se canalizan a través de las instancias jurídicas respectivas creadas por el príncipe fundador y sus sucesores, sabiendo que, cuando estas instituciones se agotan o no existen, emergen necesariamente las rebeliones o las conjuras.
Siguiendo este orden de ideas, debe destacarse, como fue señalado al principio, que cierta tradición liberal contemporánea ha favorecido la interpretación de la obra de Maquiavelo como inspiradora de la moderna libertad republicana y del compromiso político con el autogobierno ciudadano. Desde este enfoque, inspirados en las opiniones de Isaiah Berlin,94 se pretende comprender la libertad republicana como la ausencia de interferencias que es conseguida gracias a una previa ausencia de dominio por parte de otros.95 Los ciudadanos individualmente considerados —que parece ser el núcleo a defender por esta postura— no están sujetos al poder arbitrario de los demás, ni desde el punto de vista colectivo ni individual. Según esta idea, la autoridad debe tener en cuenta todo el tiempo el juicio o la voluntad de la persona que recibe la coacción. Si no hay juicio ni voluntad, se comprende que la intervención de la república es arbitraria, salvo que la acción se realice en beneficio del interés general, solamente así la intervención no arbitraria es permitida, lo cual es la base de la legitimidad del gobierno republicano. El gobernante antes de actuar toma en cuenta las creencias y costumbres de la comunidad y cómo su decisión coactiva puede afectar los intereses y deseos de esa comunidad en general.96
Este resumen a primera vista coincide con la tesis del secretario florentino, sin embargo, se da una versión de Maquiavelo y del republicanismo clásico inserto en una idea de libertad que supuestamente surge como resultado de una consciente lucha contra las interferencias de la Iglesia y del Estado en la vida de los individuos;97 como se ha visto, este no es el sentido de la república mixta de Maquiavelo: lo que caracteriza dicha concepción política es su condición de ser una estructura fundada en las exigencias que hace el gobernante a sus ciudadanos, ya como fundador, ya como reformador del Estado; de ahí que el bien común no se cohesiona como tal por un deseo privado o altruista de parte de los ciudadanos, sino como resultante de la virtù del príncipe que ha sabido reconocer tanto los deseos del pueblo como los privilegios que la nobleza considera irrenunciables. De modo que la libertad de acción de cada clase es el bien a proteger en medio de la tensa relación de poder que hay entre las clases antagónicas gobernadas, la cual, gracias a la voluntad del príncipe —que a estas alturas es la conciencia de la República—, logra ser mediada por la ley que impone en un principio teniendo en cuenta los deseos y las necesidades de los gobernados, los cuales aceptan, sea porque consideran convenientes tales leyes, sea porque son muy débiles y no tienen alternativa: lo importante es que terminan participando en sus instituciones y dándoles continuidad.
Por ello, lo radical en la propuesta de Maquiavelo no es la libertad de los ciudadanos, sino que la república es la dueña de sus contenidos políticos y sociales;98 nada más lejos de una libertad positiva al estilo de Q. Skinner, quien idealiza a las comunas del Renacimiento como un tipo específico de autogobierno democrático;99 más distante aún de una libertad negativa, si se entiende esta como ausencia de cualquier interferencia por parte de los otros, pues justamente lo que hay desde el principio en la república mixta es una acción coactiva o de dominación por parte del príncipe fundador —amparado por la ley que él mismo ha creado o delegando a otros para su creación y aplicación— y la facultad de intervención derivada de ese carácter de fundador o reformador que le posibilita mediar en las disputas entre el pueblo y la nobleza.
De este modo, la postura de los autores que representan el «liberalismo republicano», en general, pasan por alto en la propuesta de Maquiavelo que el pueblo no es el sujeto de la república mixta a la manera de una democracia igualitaria, no es una voluntad, salvo cuando está unido y dirigido por un líder. Ese líder o caudillo termina siendo el propio príncipe cuando reconoce al pueblo como la base de su poder; pero es él quien al final ordena y orienta el sentido de la organización política en función de su virtù, es decir, de la habilidad de «saber» complacer los deseos de pueblo; en tanto actúe dentro de esos lineamientos, él es la única voluntad concreta en su sistema. Claro está que ya no goza de la capacidad ilimitada que tenía en su obra sobre el príncipe, pero en los Discursos solo se le exige al fundador de la república —sin que haya un medio de control o un órgano específicamente diseñado para ello según la concepción de Maquiavelo— que separe sus intereses personales de los de la república. La ley es otorgada por un acto voluntario del príncipe, del fundador o el reformador y sus sucesores, lo cual no garantiza, de ningún modo, como dijimos al principio, que el peligro de que siga siendo un simulador haya desaparecido.
Quizás es posible hacer encajar la república maquiaveliana dentro de la práctica de lo que Pettit denomina la libertad como «no–dominación»,100 en la medida que el gobernante solamente interfiere en la vida de los ciudadanos bajo el permiso que le da la ley: su acción es legítima; pero también es cierto que esa acción puede devenir en una libertad coactiva en cualquier momento ante la imposibilidad del gobernante de mantener el equilibrio entre los privilegios de la aristocracia y los deseos del pueblo; inclusive, el sistema republicano admite como legal, y del mismo modo que lo acostumbraron en la Roma clásica, la instauración de una dictadura.101 Lo cual no obsta que, llegados a este punto, el gobernante pueda manipular la ley hacia la tendencia circunstancial que más le convenga, ora en beneficio del pueblo, ora en recuperar o mantener los privilegios de la nobleza.
También es cierto, bajo ese punto de mira, que Maquiavelo ha tomado la precaución de que, para evitar la amenaza constante, la cual resulta de la volubilidad del príncipe, es necesario que la república esté constituida por leyes fuertes e instituciones sólidas; estas se hallan en condiciones de adoptar medidas judiciales o ejecutivas constitucionales, según el caso, que restringen el poder del gobernante y, en cierta forma, garantizan la libertad de los gobernados.102 Así, recordemos que el dictador tiene un término de seis meses para cumplir con su función reformadora o solucionar la falla que se ha establecido requiere ser corregida, pero pueden ser prorrogables y siempre con el peligro de que el dictador devenga en tirano, como tantas veces ocurrió en la antigua Roma y en las ciudades–repúblicas del Renacimiento que fueron testigos de cómo el dictador hacia lo necesario para eternizarse en el poder.103 De este modo, en los orígenes de la república, es muy remota la posibilidad de que un ciudadano tenga libertad plena para determinar los fines que perseguirá o pueda expresar su opinión o acudir a las instituciones legales para plantear sus inconformidades, a menos que ese contexto donde sienta que es libre haya sido creado o a lo sumo inducido por el propio fundador o el reformador de la república.
En ese sentido, el republicanismo de Maquiavelo no era neutro, su idea de la ley reconoce un bien superior originado en la habilidad del gobernante fundador o legislador aceptado por la colectividad que toma una forma particular: la virtud cívica. Pero, como se ha visto, esta no es ni natural ni surge por la voluntad espontánea de los ciudadanos libres; es a través de la religión civil y la inserción del sentimiento patrio entre los ciudadanos, es decir, con la educación, que se consigue eso que Skinner llama las «capacidades que nos habilitan para servir al bien común»,104 es decir, el «coraje» y la «determinación» para defender nuestra comunidad. Pero esto es adquirido por los ciudadanos mediante esas interferencias necesarias para la conservación de la república (religión y educación civil). Las medidas persuasivas pueden ser sustituidas en momentos de crisis por las represivas cuando aquellas no consiguen el consentimiento voluntario del ciudadano.
En conclusión, visto desde esta perspectiva, la propuesta de Maquiavelo no pretende resolver en concreto ni la defensa de la libertad individual per se ni la búsqueda de la igualdad social, sino establecer una forma de mantener la libertad de los ciudadanos en función a evitar la dominación de la república por otros estados más poderosos; pero también, conseguir el acuerdo de las clases sociales en función de una participación equitativa y regulada en los asuntos públicos al igual que el respeto de la propiedad privada, los cuales constituyen los bienes más sagrados de la república. No obstante, el florentino, en lugar de develar el bien común como el producto de la recta razón que a través de instituciones como la educación y la religión civil debían enseñar a elegir a sus ciudadanos entre una multiplicidad de alternativas, prefiere enfatizar el papel incentivador que deben cumplir estas instituciones despertando e infundiendo entre los ciudadanos, más que una conciencia, un sentimiento: el del temor a la pérdida de la libertad política como la mayor catástrofe social que alguien pueda sufrir; temor por el cual tanto los aristócratas como el pueblo estarían dispuestos a cesar temporalmente sus diferencias o a llegar a acuerdos equitativos, temporales y estratégicos en función de preservar la república ante la amenaza de la dominación extranjera, pero también ante el peligro de que el desequilibrio interno genere el dominio hegemónico de una clase sobre otra, lo cual llevaría a la vida ciudadana a quedar sometida a los designios de una impredecible tiranía.

Referencias

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Notas

67 Véanse en ese sentido, entre otros, A. Renaudet: Maquiavelo, pp. 168 y ss; L. Strauss: Thoughts on Machiavelli, pp. 99 y ss; G. Sasso: Niccolò Machiavelli, pp. 461 y ss.
68 Maquiavelo: El príncipe, vi, p. 99 y ss.
69 Polibio: Historias, libro vi, 57, p. 2–10; Maquiavelo: Discursos, i, 2, p. 33.
70 Maquiavelo: Discursos, i, 2, p. 36.
71 Maquiavelo: El príncipe, ii, p. 63 y ss.
72 Maquiavelo: Discursos, i, 9, p. 57.
73 Aristóteles: Política, 1252a, 2,2.
74 Maquiavelo: Discursos, i, 4, p.39.
75 Ibidem, I, 9.
76 Ibidem, i, 51, p. 150.
77 Ibidem, i, 52, p. 151.
78 Ibidem, i, 5.
79 Ibidem, i, 6.
80 Salustio: La conjuración de Catilina, xxxiii.
81 Maquiavelo: Discursos, i, 7 y 8.
82 Cicerón: Las Leyes, iii, iii 9–10; xii 27–28.
83 Maquiavelo: Discursos, i, 16, p. 80.
84 F. Gilbert: Machiavelli and Guicciardini. Politics and History in Sixteenth Century Florence, p. 13.
85 Maquiavelo: Discursos, i, 58, p. 171.
86 Ibidem.
87 P. Larivaille: Le pensée politique de Machiavel. Les Discours sur La Premièr Décade de Tite–Live, p.161.
88 J. Coleman: «El concepto de república. Continuidad mítica y continuidad real» en Res publica, 15, p. 31.
89 Maquiavelo: Discursos, i, 58, p. 170.
90 Cicerón: Las Leyes, iii, iii 10.
91 Maquiavelo: Discursos, i, 52, p. 151.
92 G. Sasso: op. cit., pp. 474–475.
93 Maquiavelo: Discursos, i, 52, p. 152.
94 I. Berlin: «Dos conceptos de libertad» en Cuatro ensayos sobre la libertad, pp. 187 y ss.
95 Ph. Pettit: Republicanismo. Una teoría sobre la libertad y el gobierno, p. 41; Q. Skinner: «Machiavelli´s Discorsi and the pre–humanist origins of republican ideas» en G. Bock et al.: Machiavelli and Republicanism, p. 133.
96 Véase a este respecto la interesante digresión de Q. Skinner: «The republican ideal of political liberty» en G. Bock et al.: op. cit., pp. 293–309.
97 Ibidem, p. 300.
98 G. Sasso: op. cit., p. 470.
99 Q. Skinner: op. cit., p. 303.
100 Ph. Pettit: op. cit., p. 95.
101 Cicerón: Las Leyes, iii, iii 9; Tito Livio: Historia Romana. Primera década, p. 74; Maquiavelo: Discursos, i, 34, p. 114.
102 Maquiavelo: Discursos, i, 35, p. 117.
103 Lo que nos lleva a pensar que esta es una constante general del republicanismo en todas las épocas, pues, si pensamos en ejemplos de la historia del republicanismo moderno, recordaremos casos como la caída de la Segunda República francesa con el golpe de Estado de 1852, perpetrado por Luis Napoleón, deviniendo en el Segundo Imperio, el cual no fue más que una forma de dictadura legítima; o en la mayoría de las dictaduras latinoamericanas del siglo xx, que, en últimas, solo se encargaban de la labor que las clases altas le indicaban a sus jefes militares para evitar el levantamiento de sus rivales políticos o de los sectores populares o, para combatir la «amenaza» del comunismo, pretextos que llevaron en muchas ocasiones a la perpetuación de la dictadura o la normalización jurídica de lo emitido en los «estados de excepción».
104 Q. Skinner: The republican ideal of political liberty, p. 303.

Luis Felipe Jiménez

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