Presentación

La revista Agón surge en medio de un ambiente académico escasamente propicio para el desarrollo del pensar: invadido por el vicio de la moda, el relativismo extremo o por el disoluto y disolvente nihilismo. Con todo, se puede decir que aquellos no son sino males menores comparados con el mar de mezquindades y ruines pequeñeces que atormenta la vida intelectual de nuestro medio: el oportunismo académico, adosado invariablemente de prácticas dogmáticas con las que se quiere ocultar el abuso de autoridad a veces sutil y en ocasiones descaradamente expreso, aprovechándose de los cada vez más desprestigiados títulos académicos —doctor o maestro— o de la falsa sapiencia que se esconde detrás de la publicación inmisericorde de libros o artículos a diestra y siniestra, sin importar su contenido ni mucho menos su calidad. A ello se suma la artificiosa aparición de ciertas jerarquías arbitrariamente creadas y patrocinadas por el paternalismo estatal por medio de sus monstruos burocráticos, que le imponen al discípulo, en particular, o a la comunidad, en general, de modo acrítico las opiniones de estos líderes intelectuales, sin debate ni contraste alguno. De suerte que entre la burocracia educacional y sus turiferarios académicos se ha tratado de ahogar el deber y el derecho a pensar libremente con el fin de garantizar el triunfo de una mentalidad mediocre, homogénea y sumisa a los dictados de la economía, los intereses políticos y lo peor de la miseria humana.

Con el fin de combatir, por ser imposible de eliminar, lamentablemente, esas malas prácticas de nuestra época, el presente anuario quiere ser consecuente con el significado de su nombre en griego, esto es, Agón: debate, discusión, lucha, pero también origen de la palabra «resistencia». Por consiguiente, la misión de esta publicación no es otra que la de generar un espacio que conforme el hogar que requieren maestros y discípulos de la academia zacatecana, acompañados de los autores y ensayistas de otras latitudes e instituciones que acepten nuestra humilde invitación para encontrarse y hallar la oportunidad de indagar, cuestionar, exponer las problemáticas más fértiles y promisorias que nos afanan hoy, haciendo brotar desde sí mismos y por sí mismos lo más alto y preciado de una genuina formación filosófica: la experiencia del pensar ante nuestros propios enigmas.

El esfuerzo moral de esta publicación recaerá, por tanto, en hacer lo imposible para que este anuario no sea sólo un medio de reproducción y repetición de opiniones, sino que se impone la exigencia de aportar la razón (ratio) y el fundamento (fundamentum) que solía exigir la vieja filosofía para sostener, explicar y hacer valedero lo demostrado y enseñado a través de las colaboraciones que aquí se publiquen.

No obstante, no desconocemos que el filósofo, en su deseo de cumplir con la misión denodada de buscar la verdad, está tentado a caer en el dogmatismo y la reiteración. Si bien es cierto que tal exigencia ha rendido sus frutos —mediante la exégesis y la descripción detallada de los modos de construcción de monumentos intelectuales hechos por los grandes pensadores—, es evidente que vivimos tiempos caracterizados por la autodestrucción de los paradigmas en que nos educamos. Estamos en un mundo nuevo, cuya condición es para nosotros, en particular, la de un literal Nuevo Mundo histórico y geográfico, pero también mental y conceptual. Este mundo nuevo nos obliga a lanzarnos hacia una meta que, sin duda, no es nueva en el pensamiento europeo y quizás oriental, pero sí es una novedad para nosotros —recién llegados al pensar—, esto es, al autoconocimiento, que es nuestro autodescubrimiento no sólo de nosotros mismos, sino que implica al entorno que nos rodea y el tiempo que nos ha tocado vivir.

Sería, por ello, inexcusable que esta publicación se reduzca a ser únicamente otro medio para seguir el repertorio de ideas ajenas, distantes o divorciadas de las problemáticas sociales, culturales, políticas, éticas, estéticas y tecno–científicas del mundo contemporáneo, que no contribuyan a la labor de la autognosis, esto es, al deber primordial que le corresponde a todo pensador, como es el de reconocer el ámbito y los acontecimientos que conforman su situación local, regional y universal, para desde ahí construir su orden de comprensión y sus propuestas de transformación.

Bajo este designio, en este número inaugural se han reunido los ensayos en los que participan plumas del más variopinto origen y tendencias, desde autores experimentados y reconocidos como iniciados que dan sus primeros pasos en el arte de exponer sus ideas por escrito y presentarlas al atento lector para ser discutidas.

En ese orden de cosas, ante todo agradecemos a los primeros invitados que atendieron a nuestro llamado y dedicaron su valioso tiempo para colaborar en este número fundador, como Víctor Hugo Méndez Aguirre, quien nos ofrece una interesante propuesta, que tomando como base la paternidad de Platón sobre la hermenéutica y el papel que desempeñaba ésta entre los antiguos griegos en la comprensión del Otro o de lo Diferente (lo bárbaro), encuentra en un desarrollo contemporáneo, la hermenéutica analógica, un instrumento ideal para aplicarlo en problemas actuales, llámense los derechos humanos o la diversidad cultural, es decir, tratando de establecer una nueva forma de «contemplación» o de respeto a la multiplicidad de formas de vida. Tema al que le sigue el trabajo del segundo invitado, Rolando Picos Bovio, con su exigente crítica al sistema educativo contemporáneo y la urgente necesidad de recuperar el estudio de las humanidades desde un enfoque adecuado a nuestro entorno y a nuestros problemas vigentes, luchando contra el esfuerzo de ciertos sectores por suprimirlas con la clara intención de concentrar las energías sociales en función de la producción y de un discutible desarrollo social, como de otros, por reducirlas a un ámbito elitista y pseudohedonista, encerrándolas en la academia o en la árida erudición, en las cuales aseguran su domesticación por el orden establecido. Todo lo anterior se puede complementar con la ardiente polémica que enciende el tercer invitado, Juan Carlos Moreno Romo, confrontándose con la política educativa y el fracaso de las instituciones universitarias, especialmente en el ámbito de la formación filosófica, a las cuales inserta dentro de la crisis de la Modernidad en cuanto crisis de la mentalidad cientificista, tecnológica y planificadora, por no decir de la hegemonía de una cultura centrada en el más vano utilitarismo, la producción industrial y la estadística que, sin embargo, no puede evitar la emergencia de un reclamo cada vez más vivo de necesidades teóricas o espirituales, comprendidas en el mejor sentido del pensamiento clásico, como puro saber desinteresado y contemplativo.

Una joven promesa, egresado de nuestras aulas, Cicerón Muro, desde la filosofía política, analiza el problema de la legitimación del poder político, proponiéndose superar la sima que aparentemente hay entre la teoría y la práctica, intentando desdibujar las fronteras que parecen infranqueables cuando la política parece encerrarse en formulaciones normativas y abstractas completamente alejadas de las prácticas que se ejercen en la realidad social, lo cual trata de resolver desde la perspectiva del realismo político. Es el camino que aborda desde la historia de las ideas Luis Felipe Jiménez, quien, en la búsqueda por establecer los orígenes de la oposición entre la teoría y la práctica, confronta a dos autores que en apariencia representan cada sector: Maquiavelo y Descartes. No obstante, la sorpresa que se encuentra en este retorno a los orígenes de la mentalidad del hombre moderno consiste en que la teoría y la práctica, en puntos significativos, como el implemento de las matemáticas cartesianas y su aplicación en la realidad inmediata, complementaron e hicieron más sofisticado el accionar del político moderno, asegurando su propósito de construir una «ilusión colectiva»» más eficaz, por encima del supuesto empirismo histórico del florentino, el cual no pasaría hoy de ser una mera hipótesis sobre el poder y el Estado, si no hubiese recibido el empuje del instrumento del cálculo como de sus principios mecanicistas.

Desde otra perspectiva, Erick Díaz, otra joven promesa egresada de nuestra escuela, persigue la senda de Sartre, y de una de sus obras literarias, La infancia de un jefe y la obra de teatro Las Moscas, desde las que concibe la posibilidad de extraer de la angustia existencialista que atraviesa a los personajes de estos escritos un sentido de identidad, cuya resultante desemboca en la construcción de una figura humana capaz de alcanzar un feliz —sin dejar nunca de ser dramático— sentido de libertad, responsabilidad y valor personal. La problemática que Erick Díaz propone, cierra cronológicamente, lo que Alejandro Dávila abre con su discusión sobre la Ley, como verdad que es descubierta y que, por tanto, implica la comprensión de la realidad absoluta, a la manera de lo que se le atribuye a Platón en uno de sus diálogos apócrifos, Minos; o, si es de carácter convencional, a través de la postura derivada de los fragmentos de Demócrito. Hay así una lucha insoluble entre la theoria (θεωρία), entendida como contemplación de la verdad y la praxis (πρᾱξις), como actuación de acuerdo a la necesidad, la conveniencia o lo más viable. Esta es una situación especial para la filosofía que lleva a Antonio Núñez Martínez a preguntarse sobre el sentido de la actividad reflexiva, si este contemplar está reñido con el vivir, o si hay una complementariedad en el filósofo, según se encarna en la figura de Sócrates —especialmente ideada por los estoicos—, que permita concebir la vida del sabio como una estricta disciplina: un ejercicio espiritual y corporal, una forma peculiar de relacionarse consigo mismo y con el mundo, en fin, un dominio de sí. Se hace así de la filosofía antigua una lección moral para el pensador del presente, empeñado en alcanzar la verdad por la sola razón, por encima de cualquier esfuerzo de transformación personal, punto que conecta perfectamente con la colaboración de Diana Lizbeth García, en su exploración sobre las pasiones tristes en Spinoza; ese neo–estoico que invita, como lo describe la comentarista, a conocer la naturaleza humana, las causas y los defectos de sus pasiones, la debilidad humana, todo aquello que nos esclaviza: el odio, la culpa, el resentimiento, la envidia, en fin, lo que impide al hombre esforzarse para ser feliz, para encontrar la verdadera y legítima pasión: la búsqueda del ser perfecto y el mejoramiento personal en esa búsqueda.

Finalizamos siguiendo la senda de esta ambigua oposición y complementariedad entre lo teórico y lo práctico con un espacio dedicado a las reseñas de obras como las de Quentin Skinner sobre Maquiavelo, realizada por Jonathan Amador, la cual destaca justamente la tradición realista y pragmática de la obra política del florentino; seguida por la recomendación que hace Jacquelin Estefanía Gámez sobre el trabajo de Bernard Freydberg relacionado con el papel de la imaginación en la Crítica de la Razón Práctica de Kant, y, por último, Jorge Tagle Marroquín concluye guiándonos a través de las dificultades éticas de la modernidad que analiza en una reciente obra, Alasdair McIntyre, alrededor del deseo y el racionalismo práctico.

Sea pues este puñado de artículos y reseñas del gusto e interés de los lectores y el primer paso de nuestro Agón.

Luis Felipe Jiménez

Director

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