Poncio y Pedro de Poitiers, 1125–1133

Resumen

En la crisis que atravesó durante el siglo XII la abadía de Cluny, el Panegerycum compuesto por Pedro de Poitiers puede aclarar el «error» que aparece en la interpretación del historiador contemporáneo Roberto Alciati, la cual modifica sustancialmente el sentido que tuvo la figura del abad Poncio en este conflicto. En búsqueda de esta aclaración, el mencionado poema nos muestra, de paso, la importancia, el alcance y los modos o sutilezas con que los monjes emplearon este tipo de instrumentos y técnicas retóricas en sus luchas por el poder, tal cual se evidencia en la rivalidad que sostuvieron Pedro el Venerable, personaje alabado del panegírico, y su denigrado enemigo Poncio de Melgueil.

Palabras clave

Pedro el Venerable, Poncio de Melgueil, Cluny, panegírico, pensamiento medieval

Abstract

In the crisis that the Cluny abbey went through during the 12th Century, the Panegerycum composed by Peter of Poitiers can clarify the «error» that appears in the interpretation of contemporary historian Roberto Alciati, which substantially modifies the meaning of the figure of Pons in this conflict. Along with the search of this clarification, the aforementioned poem shows us the importance, scope and ways or subtleties used by the monks in this type of rhetorical instruments and techniques in their power struggles, as evidenced in the rivalry between Peter the Venerable, praised character of the eulogy, and his denigrated enemy, Pons of Melgueil.

Keywords

Peter the Venerable, Pons of Melgueil, Cluny, Panegyric, Medieval Thought

Teniendo más tiempo para leer (privilegio de un jubilado), puede ocurrir que nos encontremos con textos que nos llamen la atención, como el que a continuación cito:

Benito y Martín aparecen en otra biografía anónima de Hugo (scil., de Semur)1 de una manera más aislada, pero ciertamente no en una posición inferior. Se trata, en este caso, de investir a Poncio […] y Hugo lo hace aparecer en un sueño. Hugo lo espera en el oratorio de la Virgen, precisamente allí donde había sido inspirado, en compañía de la madre de Dios, de Pedro y Pablo, de la hueste de los mártires y confesores y la ahora conocida dupla de santos, junto con Marcial […] La aparición de Martín a Poncio, «alcanzó la fortuna», si después de cincuenta años, es el mismo Poncio aclamado como el segundo Martín, aquel que con un solo movimiento de la mano hace desaparecer todos los males. (Pietro di Poitiers, Panegerico, 356).

¡Mirad!
¿No se ha entendido nada hasta ahora? ¿Poncio exaltado como un padre de la vida monástica no obstante su lucha contra el gran y venerable Pedro (el Venerable por antonomasia) y su muerte bajo excomunión? ¿La memoria cluniacense lo había transformado, pues quería verdaderamente que todos los abades fueran santos, según la afirmación que había sido atribuida a Gregorio VII? ¿Y Pedro el Venerable lo certificaba en un poema (Panegyricum) que había sido escrito precisamente para elogiarlo o, mejor aún, para exaltarlo? Adulador, Pedro de Poitiers, o simplemente un sincero admirador; sin embargo, lo cierto es que era el laudator de su homónimo abad de Cluny, del que había sido secretario y por cuenta del cual escribía las cartas (cosa normal: Nicholas de Montiéramey hacía lo mismo para san Bernardo, incluso cuando cayó bajo su furor).2 ¡Diablos! ¿Qué había sucedido? Roberto Alciati, autor del pasaje, desafortunadamente no nos lo explica.3
Así que, prescindiendo del hecho de que la supuesta biografía anónima de Hugo (aunque no anónima, pues fue escrita por el monje Hugo bajo el abad Poncio —e indicamos solo el aparente total malentendido del texto: bastará decir que ahí los santos Pedro, Pablo, Marcial, Martín y Benito estaban para recibir el alma del abad moribundo y que san Dionisio se aparece a Bernardus di Narbonne, ya prior de Noget, para anunciarle la próxima partida de Hugo así como «eius succesorem Pontium, quem apostolorum principes a Roma miserunt»—) y del hecho de que «cincuenta años después» (es decir, en los años setenta) es del todo inexacto porque Pedro de Poitiers (o de San Juan d’Angély), por lo poco que se sabe, podría haber muerto a inicios de los años sesenta y, sin embargo, aquella parte de su Panegyricum se remonta al 1125/1133. Como es sabido, con la cronología no se puede bromear, así que el único modo para intentar entender esto es leerlo.4
Teniendo presente que, en cuanto la datación, este poema constituye una de las primeras versiones de la historia oficial de Cluny.
Seamos sinceros, el poema es aburrido, prolijo, incluso excesivo; en resumen, el típico, excelente y redundante latín del siglo XII. Una porción del Panegírico se concibe como capítulo aparte y tiene incluso un título: In laude triumphi ejus de Pontionitis:

Jam tibi, Petre, novi celebrantur ubique triumphi,
Jam tibi sub pedibus pars inimica jacet;
Jam, pater egregie, qua victor ab Urbe redisti,
Pontionitarum perfida lingua silet.
Ora proterva canum rabidos posuere latratus,
Sensibus amissis corda maligna stupent.
Non ita sacrilegi contingere posse putabant,
Cum vomerent rigidas ore tumente minas,
um sibi plaudentes simile revocasse magistrum
Criminibus variis libera frena darent:
Vere nulla potest hominum versutia summi
Judicis aeternum vertere consilium.
Salve, magnorum fortissime victor agonum,
Salve, cui Christus ensis et hasta fuit;
Vicisti, dilecte Deus, frustraque profanus
Exeruit vires in tua dampna furor.
Ecce, velit nolit, gens impia, turba rebellis,
Cluniacus totus ad tua jussa tremit,
Ecce, velit nolit, regalia sceptra tenebis
Atque triumphator imperiosus eris.

Así es, con otras variaciones sobre el tema, por otros diecisiete versos (269–286).5
Volveré más adelante a estos pasajes que subrayan, no solamente la victoria, sino también, y sobre todo, la mano firme, por no decir dura, de Pedro el Venerable. Por ahora pasemos a un pasaje un poco más amplio (60 versos):

Grande lucrum facimus, quia causa scismatis hujus
Corruit ex toto perfidus ille draco;
Dumque caput lubricum sustollere nititur anguis,
Rumpitur, et moriens atra venena vomit;
Interiere nigri praestigia saeva colubri,
Nec patitur monstrum vivere Roma diu,
Sed mox ancipiti gladio fera colla trucidans,
Defendit Petrum Petrus ab hoste suum.
Non potuerunt ultra sub ovini velleris umbra
Horrida magnanimi membra latere lupi;
Omnia quae fuerant habitu pietatis operta
Sacrilegae mentis impia furta patent.
Tutius Heridanus coluisset fertile litus,
Et nocet Italicum deseruisse solum;
Hic illum sacri sententia prima senatus,
Heu, male vicino truserat exilio.
Temptavit propria heremita relinquere silvas
Et semel abjecto rursus honore frui;
O quantos populos rabies vastasset iniqua
Nisi celerem nobis Roma tulisset opem!
Quanta diabolico cecidissent agmina telo,
Plebis et indoctae quanta ruina foret!
Unum de magnis subito advenisse prophetis
Rumor in Occiduis partibus ortus erat;
Jamque novam sectam vulgaris fereta error,
Dum putat hunc aliquem rustica turba deum:
Iste novum Moysen, hic Danihel, ille Johannem
Alter Heliseum vel Salomona vocat;
Alter eum tenui circumdare brachia ferro,
Martyriique novum fert tolerare genus;
Alter ab humanis epulis omnino sequestrem,
Non nisi caelestem sumere posse cibum,
Quilibet altari nudis assistere plantis
Laudat et innumeras continuare preces.
At qui majori fuerat fantasmate lusus
Clamitat in medio talia verba foro:
Currite languentes, hominemque requirite sanctum,
Currite, Martinus ecce secundus adest
Cui placuit, spretis Cluniacensibus, ut per harenas
Trans mare Tyrrenum quaereret ipse Deum.
Nunc igitur rediens ut pristina jura reposcat,
Angelico monitu plurima signa facit.
Forsitan ille prior Martinus in orbe revixit,
Qui solo nutu dissipat omne malum;
Sed quis tot vana furiosi somnia vulgi
Vel ridere satiis vel memorare potest?
O quotiens, electe Deo, trepidavimus omnes,
Utpote quos verus sollicitabat amor!
Ne levibus nugis gravitas Romana faveret,
Verteret et lubricos sobria corda magus,
Neu doctos etiam Brutus rigidosque Catones
Temptaret variis illaqueare dolis –
Triste quidem dictu, sed maximus ille Girardus,
Proh dolor, hac potuit calliditate capi –
Quae foret ulterius spes, si sacer ille senatus
Urbsque Quirinalis tota faveret ei?.6

Me disculpo por la larguísima cita, pero el texto no se conoce como mereciera, y cuando es conocido puede suceder, según hemos visto, que sea complemente mal interpretado. No habría ni siquiera necesidad de decir que nos encontramos, en el pasaje utilizado por Alciati, en presencia de una sátira; bastaría conocer un poco el latín y no leerlo de manera precipitada. No hay necesidad tampoco de recordar a Berengario Escolástico o a Bernardo de Clairvaux o Walter Map7 o, en el siglo anterior, el Ritmo del Abad Juan el Bajo, por no decir de Benzone de Alba o Pedro Damián…8 En fin, no existe ningún Poncio alabado.

¿El problema está en el desconocimiento de la historia?
Sin embargo, más allá de este incomprensible e incluso improbable (por así decirlo) malentendido, la verborrea entusiasta de Pedro de Poitiers, precisamente porque es una verborrea, dice muchas cosas: habla de la resistencia al interior de Cluny (perros rabiosos, bocas amenazantes, corazones malvados, turba rebelde), y cómo el Venerable reduce todo al silencio con la fuerza, así con el puño de hierro («Ecce, velit nolit, gens impia, turba rebellis,/Cluniacus totus ad tua jussa tremit,/Ecce, velit nolit, regalia sceptra tenebis/ Atque triumphator imperiosus eris»); y al tratarse de una exaltación del abad, esta acentuación de los colores retóricos no hace más que subrayar las resistencias que debió superar el Venerable y no sin esfuerzo; ni siquiera intenta fingir que el Venerable la superó con las virtudes de la caritas y del amor fraterno y paternal, sino que realmente ocurrió todo lo contrario. Cluny tiembla frente al cetro de mando del nuevo abad y debe obedecerlo, ¡quiéralo o no! expresa de manera explícita el rol imprescindible de la Sede Apostólica, Pedro que defiende a su Pedro de sus enemigos [Defendit Petrum Petrus ab hoste suum], el sagrado senado que se opone a la catástrofe «nec patitur monstrum vivere Roma diu», y se sabe que Poncio murió por el implacable morbus romanus (el mismo Venerable fue infectado por la malaria).
Habla también de los seguidores de los cuales gozó Poncio, además de modo semejante a las afirmaciones del mismo Venerable: la tumba de Poncio, quien aparentemente había comenzado a producir milagros; precisamente como un mártir, y he aquí en Pedro la sátira del nuevo martirio y su presentación de Poncio como falso profeta. Prestemos atención, los falsos profetas podrían producir prodigios, milagros, siendo sin embargo falsos prodigios y falsos milagros, lo que significa que esta noticia peligrosa de las facultades del difunto se había difundido y era necesario combatirla.

Dice mucho más: que la fama de la que había gozado Poncio, y tal vez aún gozaba, era amplia y altamente considerada. ¿Solamente es una sátira su representación del eremita que, luego de haber despreciado a los cluniacenses, había ido más allá del mar a buscar y encontrar a Dios, retornando dotado de una cualidad angélica («Angelico monitu plurima signa facit»)? ¿O esto alude a la campaña de opinión, por decirlo así, que acompañó a Poncio de su regreso a Occidente y su asentamiento cerca del Eridiano —¿una alusión a la compra del Campese por parte de san Benito de Polirone en 1127?— y que da mayor fuerza a la hipótesis sostenida por Angelo Chemin sobre el carácter, al menos parcialmente eremítico, o como una suerte de retorno a los orígenes de la vida monástica, de la Santa Cruz de Campese (sin querer, naturalmente, retomar las fantasías del modelo interpretativo de hace unos cincuenta años que hacía de Poncio un desconocido y desventurado exponente del nuevo monaquismo)?9

Nos habla también del hecho de que Poncio, volviendo «a reivindicar sus anteriores derechos», no estuvo exento de aliados importantes. ¿Qué habría sucedido si toda Roma lo hubiese apoyado? Toda… ni se diga que «toda» estaba ahí tan solo por exigencias métricas. ¿De cuáles simpatías podría gozar Poncio con los cardenales? Mejor aún, ¿con quién de los cardenales? Tal vez ahora por el mejor conocimiento que tenemos de pontificado de Honorio II, debido a las investigaciones de Enrico Veneziani, podemos darnos cuenta de algunas señales, o al menos de algunos indicios. ¿Qué decir del grandísimo Gerardo que se dejó engañar por cuanto se decía de Poncio?, el ms. Douai, Bibliothèque Municipale 381, producido por Siger en el decenio que sigue a la muerte de Pedro el Venerable (1156), glosa Engolismensis,10 d’Angoulême, y es necesario inquietar el texto para poder ver en este pasaje una referencia al cisma de 1130, como sucedió. El hecho es que Gerardo d’Angoulême, que en 1130 apoyó a Anacleto II, era legado papal a inicios del siglo; era este un personaje eminente y poderoso, fue ante él que Godofredo de Vendôme cometió perjurio en 1111/1112, su rol le atribuía una capacidad de influencia y de intervención de manera tan fuerte que Bernardo de Clairvaux debió recurrir a una capacidad —que ciertamente no le faltaba— en la que estaba particularmente versado (su maestría retórica), aquella de la denigración cuando no de la difamación, para intentar eliminar su credibilidad.11 Si nos dejamos llevar por la tentación, podremos pensar que algunos de los cardenales y Gerardo eran simpatizantes—potenciales o explícitos— de Poncio, y podremos proceder a buscar en la investigación verificando, por ejemplo, las carreras, los conocimientos y los encuentros. Si quisiéramos hacer una sobreinterpretación, podríamos pensar el hecho de que, precisamente en Aquitania, Poncio gozaba de un apoyo mayoritario y más explícito, ya que fueron los monjes de San Marcial los que lo apoyaron en el juicio romano.
Podríamos también agregar que si Pedro provenía precisamente de San Juan d’Angély, no debería haber ignorado el papel central del abad Enrique (emparentado con la casa de Aquitania y que se decía nieto de Enrique I Beauclerc y estaba destinado a llegar a ser abad de Peterborough) en el cuadro de la política galiciana de Poncio —no solamente fue testigo del acto de reconciliación en Compostela entre el obispo Gelmírez y la reina Urraca junto con el plenipotenciario de Poncio, Stefano Jureth (Geret), sino que, junto con Stefano, fue referente de Poncio y de Calixto II del pacto de aquella paz; al final, su abadía aquitana resultó tener una posición clave—. A Pedro, elegido ciertamente no por casualidad por el Venerable como secretario con ocasión de su primer viaje a Aquitania (exactamente en 1125), no le debían de faltar los conocimientos.12 Sin embargo, no podemos dejar de apreciar el hecho de que Guillermo d’Angoulême es reconocido plenamente por aquel apelativo, maximus ille, que simplemente representa la realidad de las cosas. Pedro de Poitiers no parece cegado por el furor polémico, cosa que cualquier estudioso, velit nolit, deberá tener en cuenta; además, Pedro sabe que va a encontrar en su actitud el aprecio de su abad. Entonces esto puede o podría abrir una interesante e inesperada perspectiva de interpretación. Repito: se trata de una verdadera y propia versión oficial de la historia cluniacense, y en esta dirección iría la investigación.
Que quede bien claro: se trata solamente de una especie de paradigma indiciario, nada más. No tengo la pretensión ni la intención de agregar algo más. Pero, ciertamente, este caso me trae a la mente un título, el del grandísimo Viktor Sklovskij, L’energia dell’errore.13 Si no hibiese existido el error, aquel de Alciati, ni siquiera se habría dado la posibilidad de volver a encender la luz sobre este texto.

Notas

* Traducido del italiano por Antonio Núñez Martínez, de Ponzio e Petro di Poitiers 1125/1133, in Un abate, un monastero, Crocifisso. Ponzio di Melgueil da Cluny a Campus Sion. Atti del convegno (Bassano del Grappa, 2 Giugno 2018) a cura di Marco Ferrara, Vicenza, Scriptorum, 2019, pp. 11–17. La traducción ha sido autorizada por el autor.
1 Hugo de Semur o de Cluny nombrado abad en 1049. Se mantuvo en el cargo durante sesenta años, época en la que el monasterio conoció su máximo esplendor, aunque en sus últimos años pudo percibir ya los síntomas de su decadencia. Bajo la dirección de Hugo, el prestigio y la reputación alcanzaron su punto culminante. Sin embargo, también los gérmenes de la decadencia se sembraron en este tiempo; su gobierno seguía siendo estrictamente monárquico; sus miembros estaban unidos por un sistema de lealtad y una necesidad de protección, ligados a la promesa solemne de obediencia hacia todos los monjes. A la muerte de Hugo se advirtió el peligro latente bajo el esplendor. Poncio fue la víctima ilustre de los cambios en la gestión de la Iglesia católica. Su sucesor fue el competente y celoso abad conocido luego por el nombre de Pedro el Venerable. N. T.
2 Bernardo lo echó sin haber cometido falta alguna y lo denunció por falsario, mientras Nicolás buscó inútilmente el apoyo de Pedro el Venerable. Cfr. «Amicizie vere e presunte. Qualche eco dal pieno medioevo» en Parole e realtà dell’amicizia medievale (Ascoli Piceno, 2–4, dicembre de 2010), ISIME, 2012, pp. 77–82.
3 R. Alciati: Monaci d’Occidente. Secoli IV–IX, Roma, Carocci, 2018, p. 21. Cfr. «Nota su alcune «Vagantes» di Gregorio VII» en BISIME, 121, 2019, pp. 43–51; de nuevo, «Amicizie vere e presunte. Qualche eco dal pieno medioevo» en Parole e realtà dell’amicizia medievale (Ascoli Piceno, 2–4 dicembre 2010), Roma, ISIME, 2012, pp. 77–82.
4 Hugh, monje de Cluny: Vita sancti Hugonis abbatis, E.H.J. Cowdrey (ed.): «Two Studies in Cluniac History 1049–1126» en Studi Gregoriani, xi, 1978, pp. 35–38, 138; F. Dolveck: Introduction a Pierre le Vénérable, Poèmes avec le Panégyrique de Pierre de Poitiers, texte établi, traduit et commenté par Franz Dolveck, Paris, Les Belles Lettres, 2014, pp. LXXXV–XCVI, in part. pp. LXXXVI–LXXXVII, XCIII–XCIV, XCVI. Epistola Petri Pictaviensis ad domnum Petrum Venerabilem abbatem Cluniacensem, ivi, pp. 9–11. Cfr. mi antiguo «Per l’analisi di una fonte cluniacense: l’Epistola ad domunum Pomtium Cluniacensem abbatem» en BISIME, 87, 1978, pp. 62–65.
5 Panegyricum Petri Venerabilis, ed. cit., vv. 249–268, pp. 35–37.
6 Ibidem: vv. 319–374, pp. 39–43.
7 F. Latella: Introduzione a Walter Map, Svaghi di corte, Parma, Pratiche, 1990; Cf. Walter Map: De nugis Curialium, Oxford, Ed. & Tran. M.R. James, Clarendon Press, 1983, p. XIX–XXII. N. T.
8 Ritmus de abbate Ioanne brevis staturae, J. Szövérffy (ed.): «L’abbé Jean et la politique ecclésiastique en France vers l’an mil» en Cahiers de Civilitation Médiévale XXX, 1987, pp. 263–264.
9 Cfr. A. Chemin: Campese. Storia del territorio, Verona, Grafiche Siz, 1995, pp. 6–18; G.M. Cantarella: «Un problema del XII secolo: l’ecclesiologia di Pietro il Venerabile» en Studi Medievali, 3 a s., XIX, n. 20, 1978, p. 163.
10 Dioecesis Engolismensis: la diócesis de Angoulême, Francia, erigida en el siglo III. N. T.
11 Cfr. Dolveck: Introduction, cit., pp. CIX, LXXXIX–XC. Cfr. G. Milanesi: Bonifica delle immagini e propaganda in Aquitania durante lo scisma del 1130–1138, Verona, Scripta Edizioni, 2013, pp. 92–100 (e cfr. de mi autoría: La costruzione della verità. Pasquale II, un papa alle strette, Roma, ISIME, 1987, pp. 152–157). Cfr. también de mi autoría, aunque muy conciso: «Saint Bernard et les grandes affaires de son temps» en Religions & Histoire, HS, n. 6, 2011, p. 41.
12 Cfr. una vez más (y me disculpo) mi escrito: «Come in uno specchio? Di nuovo su Ponzio di Cluny (1109–1122/26)» en BISIME, 116, 2014, pp. 80–81, 86. Cfr. también Dolveck: Introduction, cit., p. lxxxviii.
13 V. Sklovskij: «L’energie dell’errore» en ID: L’energie dell’errore, traducción italiana, Roma, Editori Riuniti, 1984.

Glauco María Cantarella

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