La historia y el anacronismo

La representación anacrónica del pasado.

Resumen

La Historia durante un largo tiempo ha perseguido dos objetivos que entendidos como absolutos son por definición inalcanzables. Conocer «el» pasado y alcanzar «la» verdad fueron metas muy claras en torno a las cuales se estructuró un discurso epistémico que fundamentara una de las versiones modernas del discurso histórico: la historia científica. Así, una epistemología que conjurara toda forma de anacronismo se hizo inevitable para lograr que el historiador, en tanto reconstructor del pasado, lograra su cometido a través de un discurso veraz en tanto que lógico y documentalmente apuntalado. En estas páginas nos proponemos, siguiendo trabajos señeros como los de Michel Foucault, Aby Warburg o George Didi–Huberman, reflexionar sobre el rol del anacronismo en el trabajo intelectual del historiador y recuperar su valor en la (re)elaboración de un pasado y una verdad en permanente redefinición y cambio.

Palabras clave

anacronismo, historia, representación

Abstract

For a long time, History has pursued two objectives, wich understood as absolutes are unreachable by definition.To know «the» Past and achieving «the» Truth were very clear objectives around which an epistemic discourse was structured to establish one of the modern versions of the historical discourse: scientific history. Thus, an epistemology that conjured up all forms of anachronism became inevitable in order to ensure that the historian, as a reconstructor of the past, achieved his mission through a truthful discourse that is logically and documentally underpinned. In these pages we propose, based on outstanding works suchs as those by Michel Foucault, Aby Warburg or George Didi–Huberman, a way to reflect on the role of anachronism in the intellectual work of the historian and to recover its value in the (re)elaboration of a past and a truth in permanent redefinition and change.

Keywords

anachronism, history, representation

Bellos son los sepulcros
el desnudo latín y las trabadas fechas fatales
[...] y los muchos ayeres de la historia
hoy detenida y única.
Equivocamos esa paz con la muerte
[...] sólo la vida existe.
El espacio y el tiempo son formas suyas...
Jorge Luis Borges

 

La Historia será un cementerio, pero no será anacrónica. Esto parece surgir como Leitmotiv en el gremio de los historiadores. Los muchos ayeres no conflictúan al historiador con alma de sepulturero, quien visita los restos del pasado, dirían Langlois y Seignobos, los documentos para conocer los hechos históricos. Selecciona entre esos amasijos de huesos, de restos humanos, de polvo y olvido para conocer el pasado, pero esos restos no lo interpelan, no lo cuestionan, no lo afectan ni él los afecta a ellos. La puerta del cementerio marca y separa el reino de los muertos, del Pasado, y el de los vivos, el Presente. El camino para ir y venir entre ellos es lineal, es un tiempo sin cortapisas.

Esta descripción podrá sonar anticuada, vieja como viejo es el siglo xix, pero aún sobrevive en el rechazo hacia el anacronismo, en su negación como parte de la Historia. Y es que, si pensamos que podemos exorcizar al anacronismo necesariamente debemos acordar que la Historia se esconde en los documentos o, como dijera el célebre Leopold von Ranke refiriéndose a los archivos de donde obtuvo información para su Historia de los Papas: en «el archivo público […] una parte de la historia de ese tiempo [la Edad Media] se esconde aquí para ser descubierta…».1 Es decir, el historiador sería un descubridor, descubridor de algo que está allí, esperando, del pasado «tal cual fue».

Pero, ¿cómo descubrir algo que se define por no–ser, algo que existe por la acción voluntaria de la remembranza, porque nos interesa recordarlo para estudiarlo, para estudiarnos? La respuesta es clara, el sujeto cognoscente no descubre la historia, hace la historia con documentos, ¡no debemos olvidar la referencialidad!, pero también con intereses. Incluso Ranke lo reconoce en su Historia de los Papas: «Pienso examinar con detalle estos documentos romanos y venecianos con propósito de recoger todo lo que todavía me parezca interesante…».2 Así, el historiador recoge del archivo lo que le parece interesante; sin embargo, en esto no se reduce el hacer la historia. Entonces, ¿qué es hacer la Historia y dónde ocurre esto? Es hacer una imagen en la mente a través de una toma de posición. El pasado histórico, cosa muy distinta al pasado «tal cual fue», es un compuesto anacrónico.

Anacronismo en el pasado–imagen

Marc Bloch en su Apologie pour l’histoire entrecruzó tiempo histórico y comprensión del historiador al afirmar: «el tiempo de la historia […] es el plasma mismo donde están sumergidos los fenómenos y es como el lugar de su inteligibilidad».3 Por ello cuando reflexionamos sobre el anacronismo parecieran tambalearse los pilares que sostienen toda la edificación epistemológica: sin tiempo eucrónico no hay intelección adecuada y sin ella el pasado se revela incognoscible.

Pero, ¿de dónde proviene la idea de que la eucronía es garantía de veracidad en la historia? Rápidamente podríamos responder que su origen radica en nuestra propia experiencia vital. Nuestro tiempo vital traza una línea en la arena. Desde nuestro nacimiento organizamos, retrospectivamente, nuestra vida en una sucesión de años que se proyectan hacia la certeza final que es la muerte. Entonces, si los hombres hacen la Historia sería plausible el trasladar esta experiencia individual, pero colectivamente experimentada, a la epistemología de la Historia.

Sin embargo, tal a priori merece ser matizado, alejándonos de lugares comunes. En principio, conviene preguntarse si nuestro ser –en–la– cultura puede someterse a los parámetros de la biología. El propio Bloch apuntaba, remitiéndose a un proverbio árabe: «los hombres se parecen más a su tiempo que a sus padres». Es decir, plantea rupturas entre las generaciones, plantea saltos hacia atrás al afirmar mayores afinidades de los niños con sus abuelos que con sus padres. En sus palabras vemos que el tiempo, culturalmente hablando, se encuentra libre de la unidireccionalidad. No obstante, este historiador no quiso o no pudo ir más allá en su reflexión y estableció con claridad al anacronismo como limes del dominio historiográfico: es «el más imperdonable de todos los pecados en una ciencia del tiempo».4

En contraste, George Didi–Huberman propone que la reconstitución anacrónica del pasado es inherente a él y no su violación, ya que la vida del hombre es siempre anacrónica, atravesada por múltiples Pathosformeln.5 Este concepto, incómodo aún para la canónica Historia del Arte, subyace en la epistemología de la Nueva Historia Cultural, especialmente en su vertiente francesa, pero no ha sido explicitado, puesto a la luz por su naturaleza ambigua y aporética. Por su parte, el concepto «representación» resulta más utilizado en el utillaje teórico de los historiadores al no generar problema, necesariamente, el postulado de la eucronía. Así, los historiadores, en muchos casos negadores o censuradores de los principios filosóficos que subyacen en la disciplina, han evadido el conflicto temporal, aún al costo de perder la posibilidad de «complejizar sus propios modelos de tiempo, atravesar el espesor de memorias múltiples, tejer de nuevo las fibras de tiempos heterogéneos, recomponer los ritmos…».6

Sin embargo, sin la «forma patética» o Pathosformeln no es posible pensar el entramado teórico que subyace en el concepto «representación» ya que no solo la sostiene, sino que solamente es posible tomar consciencia de que existe una representación a través del síntoma warburgiano. Él es quien interrumpe el curso normal de la representación para posibilitar su visualización; en la cesura la representación se nos muestra. De la misma forma, el anacronismo es ruptura y sostén, quizá inconsciente, de la representación eucrónica del pasado, del pasado–imagen.

En este sentido, Paul Ricœur, en La memoria, la historia, el olvido, afirma que la historia– conocimiento se constituye como una representación, la cual «expresa la plurivalencia, la diferenciación, la temporalización múltiple de los fenómenos sociales».7 Entonces, a fin de cuentas, si la representación nos está hablando de multiplicidad de tiempos que operan en los fenómenos sociales, por qué debemos pensar en un tiempo necesariamente eucrónico, cómo saber hasta dónde modificamos, con nuestras categorías de análisis y nuestras interpretaciones, un fenómeno estudiado.

La única forma de tener garantía de ello es realizar la misma acción que la Historia del Arte acometió, ya con Vasari, ya con Winckelmann, considerar que solo existe Historia cuando el objeto de su estudio está muerto, matar el pasado, volverlo huesos sin aliento. Esa es la única garantía de eucronia absoluta. Esos historiadores del arte necesitaban un pasado muerto para tener un objeto de estudio y, en consonancia con ellos, el dogma del historiador pareciera decir: ¡disequemos a esa bestia para poder estudiarla porque viva se mueve demasiado! El presente, lleno de incertezas, pulsante de vida, es campo del periodista, del sociólogo; las frías catacumbas, solemnes como la muerte, son el recinto del historiador. Sentada en su trono, la Historia, como un Hades moderno, nos permite ver las sombras de los que fueron en vida. El historiador desciende a ese mundo de tinieblas para conocer aquello que fue pero si, como Orfeo, osa traer esas sombras al presente, sus ojos cargados de anacronismo le harán perderla irremediablemente. El tiempo de esas sombras es el pasado, nada debe relacionarlas con nuestro presente.

Así, Lucien Febvre, defensor de una Historia fuertemente arraigada en su epistemología decimonónica, prescribió a los historiadores: «evitar el pecado mayor […], el más irremisible de todos: el anacronismo». Ya que sus ojos cargados de presente espantarán a esa débil sombra, el historiador determinará «con exactitud la serie de precauciones que deben tomarse y la de prescripciones a que uno debe someterse».8 Sin embargo, Febvre sabía de la imposibilidad de exorcizar para siempre del quehacer histórico al anacronismo y por eso lo denominó como la «bestia negra» de la Historia. En otras palabras, «la bestia negra de una disciplina es su parte maldita, su verdad mal dicha».9 El anacronismo está maldito para Febvre, pero es parte de la Historia, es su «hijo bastardo» nacido de los «contactos demasiado ardientes» de la casta Clío con el presente.10

En consecuencia, el problema por esta vía se plantea irresoluble. La «historia problema» de los Annales demanda la inquietud nacida en el presente para comprender el pasado, pero la eucronía requiere que el pasado se cierre sobre sí mismo para lograr su concordancia temporal, para aislarlo de la contaminación del presente. Tal nudo gordiano debe ser cortado reconociendo que el acto hermenéutico modifica irremediablemente el documento. Al no tener el «pasado tal cual fue» para contextualizar el documento «estamos condenados a los recuerdos encubridores, o bien a sostener una mirada crítica sobre nuestros propios hallazgos conmemorativos».11

Esto no hace a la Historia imposible, la hace anacrónica. Lo cual no supone su muerte, sino una nueva muerte de la historia positivista. Para ella, la eucronía era fundamental, en sus nexos causales, llamados «lógicos», encontraban garantía de objetividad. Los llamaban «lógicos» porque el historiador no intervenía en su establecimiento, cosa inviable ya que cada unión que se establece es fruto de la interpretación, es un «nexo de sentido».

Actualmente no podemos remitirnos al tiempo como garante de veracidad histórica. La epistemología de la historia del siglo pasado demolió aquel tiempo histórico decimonónico unidimensional, acontecimental, cronológico y natural. Cuando Fernand Braudel propuso la existencia de una larga duración acabó con la causalidad lineal de la comprensión positivista por dos motivos: por un lado propuso la posibilidad de que «permanencias» de tiempos anteriores, subyacentes en el decurso histórico, emergieran y/o condicionaran las coyunturas y acontecimientos históricos presentes. Por el otro, supuso comprender que las «duraciones son construidas», que el tiempo histórico es una construcción cultural y teórica, ya no más un elemento natural y externo al historiador.12

En efecto, hablar de larga duración conlleva hablar de anacronismo. Asimismo, no podemos olvidar que, tanto la historia de las mentalidades como la nueva historia cultural francesa se sustentan en la larga duración y, en este sentido, «inventar la historia de las mentalidades es descubrir que se es sujeto de anacronismo». Es desmontar una comprensión lineal y eucrónica en el propio funcionamiento del pasado–imagen, el pasado elaborado por el hombre, el único pasado que es susceptible de ser conocido. Así, si todo sujeto se descubre anacrónico, habitado por ideas, conceptos, percepciones que provienen de épocas diversas «cualquier interpretación expone al anacronismo».13

La reiteración de la presencia del anacronismo en la construcción del pasado resulta necesaria cuando aún pensadores, como Paul Ricœur, mantienen que la intención del historiador es la «reconstrucción verdadera del pasado». El verbo reconstruir no es inocente en la oración, pues presupone la posibilidad de restauración o de completitud, cosa que la Historia nunca logrará, pues el pasado–imagen es por definición incompleto, abierto, un desplazamiento del pasado perdido. Llama la atención que Ricœur hable de «reconstrucción» dado que páginas más adelante reconoce que «la representación no es una copia, una mimesis pasiva». Entonces, si el pasado–imagen como representación del Pasado no es una copia de lo que fue sino algo distinto nacido de la interpretación, cómo es posible que se continúe hablando de reconstruir.14

Por su parte, Roger Chartier apuesta por limitar las «construcciones interpretativas» elaboradas por el historiador a través de «criterios objetivos de validación o de negación» apoyados en «las citas, las referencias, los documentos que convocan el pasado en la escritura del historiador».15 Pilares anacrónicos todos ellos. Si bien se ha demostrado ya que las obras historiográficas, que componen parte del aparato erudito del historiador, están cargadas de subjetividad, Roger Chartier colocó la referencialidad como parapeto a los cuestionamientos de Hayden White al discurso histórico en Metahistoria. Para Chartier, la referencialidad está alojada en el archivo documental, y Paul Ricœur acuerda con él cuando asegura: «la historia nace continuamente del distanciamiento en que consiste el recurso a la exterioridad de la huella del archivo».16

No obstante, cuando el propio Chartier habla de «escuchar a los muertos con los ojos» está cuestionando la objetividad absoluta de ese referente externo que pasa a ser un «vestigio material del rumor de los muertos», de una «historia que se puede ya considerar fantasmal».17 Entendido de esta forma, el archivo ya no es más un elemento externo al historiador, sino que el historiador pone su subjetividad, su presente, para darle nuevo aliento a las voces del archivo. Desde esta perspectiva: «la lectura se vuelve hacia un pasado que ella misma transforma en memoria rapsódica, presencia obliterada, palimpsesto». La lectura hace del pasado–imagen un compuesto de olvido y recuerdo, llevándonos a afirmar, junto con Cuesta Abad: «la tradición histórica tiene que ver con esta imposibilidad de recibir un legado sin poder evitar que la fidelidad a que nos obliga su transmisión se cumpla en una decepción, una distorsión o un olvido».18

De esta manera, hasta el archivo se nos revela anacrónico, subjetivo. En cada lectura nos proyectamos en el texto, violentamos la regla de oro de la Historia positiva: no proyectar nuestra realidad, conceptos, gustos, valores, sobre la realidad pasada, lugar en que se aloja la «clave» para comprender. Mas, al proponer esto, los positivistas cometieron el pecado que prescribían; generaron un quehacer histórico ideal, un proceso de idealización de la realidad. En este sentido, Didi–Huberman se pregunta: «¿qué es el ideal si no la edulcoración, la simplificación, la síntesis abstracta, la negación de la encarnadura de las cosas?».19

Así, la única garantía que el historiador conserva sobre la no–ficcionalidad del pasado histórico se la brinda la memoria. Nuestra propia experiencia de haber atravesado diversas épocas en la vida, las cuales podemos traer a nuestra mente por la vía del recuerdo garantiza la existencia de un tiempo perdido. Sin embargo, el historiador con actitud canónica, obcecado defensor de los tiempos eucrónicos, expulsa el tiempo de la memoria: el anacronismo. Como apuntara Walter Benjamin, la memoria no es la posesión de lo rememorado, no es una colección de elementos, sino una aproximación dialéctica en la que emerge el recuerdo, en el choque del antes y el ahora.

En consecuencia, seguir manteniendo esta negación hacia el anacronismo como parte de la Historia, parte del quehacer histórico, parte de la vida humana, impide lograr objetivos como los que el propio Chartier propone para la Historia bajo el paraguas teórico de los estudios culturales: «la historia debe asumir directamente su propia responsabilidad: volver inteligibles las herencias acumuladas y las discontinuidades fundadoras que nos han hecho lo que somos».20

Para lograr dar inteligibilidad a la discontinuidad, antes debemos superar el método retrospectivo planteado por Bloch y su metáfora cinematográfica. Para Bloch cada fotograma sucede al anterior sin intervención del historiador, formando una larga cinta que desde el presente nos conduce, como el hilo de Ariadna, al pasado sin fisuras, sin discontinuidades y con una lógica cronológica y no genealógica. Pero, como ya hemos visto, el historiador es un editor, un montajista de ese rollo de película. Al seleccionar los documentos y la perspectiva de análisis, el historiador corta, pega, desecha, rescata fragmentos para contar una historia que signifique algo para su época. En este sentido, el montaje no es un elemento menor en la epistemología de la historia dado que, por un lado «revela las discontinuidades que operan dentro del acontecimiento histórico» y, por el otro, presupone que no hay un fondo insondable que otorgue un sentido único al devenir histórico, no hay teleologías posibles sino una red de relaciones, «una extensión virtual que pide al observador […] multiplicar heurísticamente sus puntos de vista. Es por tanto un vasto territorio móvil, un laberinto a cielo abierto de desvíos y umbrales».21

Por otra parte, cuando Chartier habla de discontinuidades no podemos dejar de tener en cuenta todo el bagaje teórico subyacente, proveniente de Nietzsche, Benjamin y Foucault. En efecto, a pesar de que Chartier sea un férreo oponente al anacronismo en la historia, el montaje se encuentra implícito en su planteamiento, implicando un abandono de la idea de origen y la de una historia lineal. Como refiere Foucault:

Saber, incluso en el orden histórico, no significa «encontrar de nuevo» ni sobre todo «encontrarnos». La historia será «efectiva» en la medida en que introduzca lo discontinuo en nuestro mismo ser. […] Cavará aquello sobre lo que se la quiere hacer descansar, y se encarnizará contra su pretendida continuidad. El saber no ha sido hecho para comprender, ha sido hecho para hacer tajos.22

Sus palabras no intentan demoler la ciencia histórica, por el contrario pretende develar la manera en que los historiadores realizan su acción investigativa. Busca demostrar la riqueza del anacronismo en la Historia. Lo cual no solo refiere a poder apreciar procesos ya culminados y valorar variables que sus contemporáneos no pudieron distinguir, sino que se relaciona con la verdadera tarea del historiador, que no es «la supuesta reconstrucción épica de un pasado concluido e inerte que otros escribieron con hechos memorables» sino leer lo que nunca fue escrito.23 A ello se refiere George Didi–Huberman cuando afirma que el anacronismo es necesario «cuando el pasado se muestra insuficiente, y constituye incluso, un obstáculo para la comprensión de sí mismo». En otras palabras, ir más allá de la «lectura» que el pensamiento sincrónico nos permitiría realizar, alcanzar líneas de pensamiento, representaciones que se esconden en la trama discursiva, haciendo difícil su identificación sin recurrir a la mezcla de tiempos. En consecuencia, el anacronismo, alojado al interior de los objetos que brindan referencialidad a la historia, sería así «el modo temporal de expresar la exuberancia, la complejidad, la sobredeterminación de las imágenes» y de los textos.24

Llegados al punto de no poder negar, excluir, circunscribir y encerrar el anacronismo, debemos reconocerlo como constituyente del conocimiento histórico del pasado–imagen25 para poder reflexionar luego sobre las maneras en que afecta una epistemología de la historia que se supone eucrónica. En principio, tendremos que diferenciar entre dos formas en que el anacronismo puede darse en la historia: uno nacido de la espuria voluntad de falsear el pasado para justificar intereses presentes; y un segundo tipo, producto del propio proceso de comprensión e interpretación inherentes a la constitución del pasado–imagen. El primero de ellos debe ser epistemológicamente combatido por tener como intención originaria la deformación consciente y premeditada de determinados aspectos del pasado. Mas la segunda forma del anacronismo es inherente a la misma práctica historiográfica, siendo el pasado una imagen anacrónica, productora de un discurso siempre anacrónico.

En consecuencia, cuando nos hemos referido al anacronismo en la historia no lo hemos hecho para legitimar una ficcionalización, un pasado arbitrario y falaz, no hemos hablado de una «distorsión de las realidades históricas» voluntaria y arbitraria, como la que Roger Chartier achaca al género literario de las histories inglesas, que genera «una representación ambigua del pasado, habitada por la confusión, la incertidumbre y la contradicción».26 Tampoco apuntamos al ejemplo que Lucien Febvre enarbola contra el anacronismo, César tué d’un coup de Browning (César muerto por un disparo de Browning), porque engañosamente oculta el anacronismo en su tosquedad, toda vez que «supone una coincidencia estructural entre un orden cronológico y un orden mental» una concordancia de tiempos.27 En efecto, la exagerada afirmación de Febvre hace que, a primera vista, ningún historiador se atreva a avalar un tipo de anacronismos tan pernicioso para la comprensión del pasado, y, en consecuencia, se acaba convalidando, por oposición, la posibilidad de construir un pasado–imagen eucrónico. Pero al detenernos a reflexionar sobre el quehacer del historiador caeremos en la cuenta de que no obramos en una concordancia de tiempos, aplicando teorías desarrolladas en la actualidad para conocer épocas pasadas, segmentando el pasado en función de una lógica externa al periodo estudiado. En suma, el anacronismo no solo es inevitable sino necesario en el proceso de comprensión histórico. Rechazándolo, el historiador «se arriesga, inevitablemente, a quedarse bloqueado por falta de audacia, al contrario que el antropólogo, quien en condiciones semejantes, recurre sin inmutarse a la práctica de la analogía».28 Negando su función en la historia, censurando su presencia, prohibiendo su mención, no lo eliminaremos sino que dejaremos que opere en las sombras, dando vida y fundamento a la imagen que la mente del historiador se hace del pasado. El reconocimiento del anacronismo como parte constitutiva de la Historia no apunta a su control, como sugiere Loraux, a su regulación, sino que busca, en palabras de Didi– Huberman, mostrar que se muestra, «hacer de la imagen una cuestión de conocimiento y no de ilusión». Tomar conciencia que el Pasado –tal–cual– fue se ha perdido, reconocer que los historiadores operamos con un pasado–imagen por definición y necesariamente anacrónico. El anacronismo brinda la posibilidad de reflexionar al romper la ilusión de que la representación y lo representado son uno, «la presentación asumida destruye la unidad de la imagen con la magia de la aparición: ya no es solamente Julio Cesar al que veo sobre el escenario, sino el compuesto anacrónico», pone en evidencia la semejanza con algo ya perdido.29

 

Conclusión

La historia–conocimiento se sustenta, emana de un pasado–imagen mentalmente constituido. Si tenemos presente esta afirmación, la pregunta de Natalie Loraux, «¿por qué realizar el elogio del anacronismo cuando se es historiador?»,30 no será compleja de responder. El anacronismo es «elogiado», rescatado, por anidar en la propia representación que la Historia elabora del pasado, por poner ante nuestra vista las incertidumbres, los vacíos, los pliegues que el saber histórico jamás podrá alisar del todo.

En este sentido, Walter Benjamin ya apuntó que la verdad está en los pliegues, en los intersticios, en el orden contingente. Siendo un seguidor de Proust, para él «nada puede ser terminado por completo, todo trabajo supone una construcción en abismo, en la que cada pliegue remite a otro pliegue».31 En ese pasado–imagen siempre contingente en tanto incompleto, el anacronismo constituye los objetos de los que la historia hace uso, se despliega en los pliegues, llena de sentido los intersticios entre las citas, entre los fragmentos de un pasado–imagen irremisiblemente abierto a las reformulaciones en el choque del antes y el ahora, haciendo de toda historia algo siempre contemporáneo, siempre punzante en nuestro presente.

El discurso histórico no «nace», sino que siempre vuelve a comenzar, se encuentra abierto, incompleto, lleva «la huella de una semejanza perdida»,32 como toda representación se constituye a través de la pérdida, de lo ausente tanto como de lo presente. Esta naturaleza incompleta, anacrónica, del pasado–imagen perturba a los historiadores, quienes la han evadido colocándose más acá de la escisión diciendo que la historia es solo lo que el documento cuenta y el resto se ha perdido. Mientras que otros, se ha ubicado en el plus ultra, en diversas teleologías que limaban las asperezas del puzzle de los documentos y conformaban una línea que nos llevaba al progreso, al fin de los tiempos, a la civilización…

Sin embargo, también existen historiadores que se han ubicado en el punto de fractura, en la escisión y han aceptado que el documento no es un elemento neutro, que no hay un sentido subyacente, una substancia ordenadora del flujo de la Historia. Pero la mayoría de ellos han generado una nueva tautología, un imperativo categórico: el anacronismo es un residuo de la historia y debe ser eliminado, cazado, abolido. Por nuestra parte, consideramos que este en verdad es un elemento constituyente de la Historia, el que aguijonea la voluntad y la curiosidad del historiador, brindándole los elementos para la interpretación. Pero también se encuentra presente en los materiales con los que el historiador realiza su trabajo, así, tanto las imágenes como el lenguaje forman «superficies de inscripción privilegiadas para estos complejos procesos memoriales».33 Por esto, los documentos siempre brindan nuevas facetas sobre el pasado, por ello la historia nunca se acaba de construir.

Entonces, la tarea singular del historiador es realizar una lectura de las diferentes temporalidades que hacen que el presente sea lo que es, lectura que siempre se realiza desde un aquí y un ahora. Así, la Historia se constituye en un discurso que elaboramos para otorgar sentido a la realidad, sentido que buscamos en el pasado, pero que en parte es proyección de nuestro presente. En suma, si el anacronismo es, según Lucien Febvre, un pecado, es el pecado original de la Historia, pero también el manantial del conocimiento. Una ambigüedad más con la que tendremos que convivir en la epistemología de nuestra disciplina.

 

Notas

1.L. von Ranke: Historia de los papas en la época moderna, p. 9.
2.Ib., p. 10. Las negritas son nuestras.
3. M. Bloch: Apología para la historia o El oficio de historiador, p. 58.
4. Ib., pp. 64, 163.
5. Son fórmulas expresivas almacenadas como imágenes en nuestra memoria, «el fantasma de lo primitivo reprimido», en G. Didi– Huberman: El gesto fantasma, p. 281. Esa imagen fantasma se rememora para volver a nuestra consciencia como portadoras de una inextinguible dualidad. Por un lado facilita la acción de nombrar y explicar, pero por el otro reflotan los miedos fóbicos que formaron esa imagen, los que refieren «a todo lo que nuestro estado de “cultura” considera malo» en Ib., p. 282. La pathosformeln o forma patética tiene su momento inaugural cuando una emoción y una expresión corporal externa se liga en una estructura de una expresión, afectando así también a las prácticas y no solo a las representaciones discursivas. En suma, las Pathosformeln, «sistematizados, reproducidos y representados […] pasan a ser los símbolos de las civilizaciones» en J. E. Burucúa: Historia de las imágenes e historia de las ideas. La escuela de Aby Warburg. A. Warburg, E Gombrich, H. Frankfort, F. Yates, H. Ciocchini, p. 14. 6. G. Didi–Huberman: Ante el tiempo. Historia del arte y anacronismo de las imágenes, p. 62. 7. P. Ricœur: La memoria, la historia, el olvido, p. 296.
8. L. Febvre: El problema de la incredulidad en el siglo xvi. La religión de Rabelais, p. 04.
9. G. Didi–Huberman: op. cit, pp. 51–52. 10. M. Bloch: op. cit., p. 66.
11. G. Didi– Huberman: Lo que vemos, lo que nos mira, pp. 116–117.
12. P. Ricœur: op. cit., p. 238.
13. O. Dumoulin: Anacronismo, p. 33.
14. P. Ricœur: op. cit., pp. 178, 241.
15. R. Chartier: La historia o la lectura del tiempo, pp. 44, 47.
16. P. Ricœur: op. cit., p. 181.
17. G. Didi– Huberman: La imagen superviviente: Historia del arte y tiempo de los fantasmas según Aby Warburg, p. 36.
18. J. M. Cuesta Abad: Juego de duelos. La historia según Walter Benjamin, pp. 09, 36.
19. G. Didi– Huberman: op. cit, p. 36.
20. R. Chartier: Escuchar a los muertos con los ojos. Lección inaugural en el Collège de France, p. 18. 21. G. Didi– Huberman: Cuando las imágenes toman posición. El ojo de la historia, pp. 70, 71.
22. M. Foucault: Nietzsche, la Genealogía, la Historia, p. 20.
23. J. M. Cuesta Abad: op. cit., p. 12.
24. G. Didi– Huberman: op. cit., pp. 39, 42.
25. Este concepto busca rescatar el hecho del que el pasado siempre es un (re)creación en la mente a través de una imagen. Lo cual implica que lejos de la idea positivista de un pasado reconstruido por nexos lógicos, estamos frente a un collage compuesto por los fragmentos seleccionados a partir de un análisis ineludible que el historiador realiza. Sin embargo, no debe entenderse que aquí se sugiere que el pasado–imagen adquiera un valor ficcional, de invención. El pasado–imagen se compone de documentos, de referencialidad, pero también de presente. No hay pasado–imagen sin análisis y no hay análisis sin categorías contemporáneas al historiador o, en otras palabras, no hay pasado sin anacronismo. 26. R. Chartier: La historia o la lectura del tiempo, p. 42.
27. L. G. De Mussy y M. Valderrama: Anacronismo, p.58.
28. N. Loraux: Elogio del anacronismo en la Historia, pp. 201–202. 29. G. Didi– Huberman: op. cit., p. 77. 30. N. Loraux: op. cit., p. 217.
31. B. Sarlo: Siete ensayos sobre Walter Benjamin y una ocurrencia, p. 39. 32. G. Didi–Huberman: op. cit., p. 18.
33. G. Didi–Huberman: op. cit, p. 43.

Referencias

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Federico Javier Asiss González

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