La contrarreforma1

Benedetto Croce2

Resumen

Primera parte de la Introduzione a la Storia dell’età barocca in Italia, dedicada a la Contrarreforma, en la que el filósofo italiano Benedetto Croce, desde un criterio valorativo rigurosamente ético–político, hace la distinción entre las manifestaciones sociales y organizadas, por una parte; y por otra, la sustancia moral y espiritual de la vida religiosa, con lo cual se trata de indagar con precisión los orígenes de la debilidad moral y política que afectan la historia de la Italia de esta época, en particular; del mismo modo, facilita al lector un punto de vista especial que le permite divisar los problemas sobre los que se construyó la modernidad en el ámbito cultural de la Europa latina, mediterránea y católica.

Palabras clave

Contrarreforma, barroco, Italia, Benedetto Croce, cultura

Abstract

First part of «Introduzione a la Storia dell’etá berroca in Italia», dedicated to the Counter–Reformation, where the Italian philosopher Benedetto Croce, from a rigorously ethical– political valuing criterion makes the distinction, on the one side, between social and organized manifestations, on the other, the moral and spiritual substance of the religious life, with which he seeks to accurately investigate the origins of the moral and political weakness affecting the history of Italy during this particular period. Likewise, he provide the reader with a special point of view that allows them to perceive the problems upon which the modernity, in the cultural sphere of the Latin, Mediterranean, and Catholic Europe was built.

Keywords

Counter reformation, baroque, Italy, Benedetto Croce, culture

Renacimiento y Contrarreforma fueron dos grandes movimientos espirituales, ambos principalmente italianos, a los cuales la conveniente evidencia es el estado conferido, no por la historiografía italiana, sino por la extranjera y, sobre todo, por la alemana. En el tiempo en el que la historiografía de la Edad Moderna formó sus conceptos capitales, que fue aquel del romanticismo y el de la filosofía idealista, Italia se encontraba totalmente empeñada en la lucha política nacional; y la historiografía italiana, concurriendo a aquella lucha, se delineaba según los intereses que la movían y se coloreaba de sus pasiones. Donde una restricción del horizonte histórico casi exclusivamente a los orígenes medievales de la nación moderna y al surgimiento de las comunas contra el feudalismo y el Imperio es una consecuente distorsión de otros acontecimientos y tiempos, pero también una parcialidad de juicio que no es fácil evitar. El Renacimiento —que entonces venía siendo considerado únicamente bajo el aspecto del arte, de la ciencia restaurada y de la antigüedad reclamada en honor al modelo— coincidía, a los ojos de aquellos historiadores, con la crisis política que abría Italia a los extranjeros y a la vez descendía a la potencia adquirida en el Medioevo gracias a sus comunas libres; y aquel mismo culto por las letras y las artes y la Antigüedad llevaba la causa y el signo de la decadencia, la austeridad de las costumbres que se deshacía en la voluntad y en el lujo, la energía de la voluntad y la virtud militar cedían el lugar a las elegantes indagaciones y disertaciones del intelecto. Peor aspecto llevaba la Contrarreforma con sus jesuitas, su inquisición y sus hogueras, con la opresión de la palabra y del pensamiento, con el fortalecimiento del papado, antiguo obstáculo de la unión italiana, y con la alianza estrecha entre aquel y el absolutismo de los monarcas, especialmente entre aquel y la España de Felipe II. Si el Renacimiento había sido reprobado por no haber disminuido los deberes hacia la libertad y la dignidad nacional, la Contrarreforma establecía definitivamente la servidumbre, despertaba aburrimiento y una suerte de repugnancia, en todos, inclusive entre los católicos, que eran entonces, en Italia, católicos liberales y neogüelfos.3 Así los extranjeros veían las cosas en forma diferente, en particular los alemanes, no escasos de locas pasiones (si bien generosas, no dejaban de ser estrechas, como todas las pasiones) y mejor adiestrados —estaban preparados en una mejor filosofía—, en reconocer los efectivos valores en la historia de la civilización y de acoger de manera objetiva, como una parte del alma moderna, el Renacimiento italiano, también daban la debida importancia a la elaboración de ciertas instituciones en las cuales se desenvuelve la política y la cultura de muchos siglos, como era el caso de la Contrarreforma; y que en torno de aquellos acontecimientos creciese una especie en Alemania, una rica literatura, de la cual dos libros caen en las manos de todos, la Civilización del Renacimiento de Burckhardt4 y Los papas del siglo xvi a xvii de Ranke:5 dos obras ciertamente insignes, pero que tienen cerca y bajo de sí muchos otros seguidores, inclusive poco notables y desconocidos por los lectores comunes. Aún hoy la disputa sobre el significado exacto, sobre la conexión histórica, sobre la forma y los variados efectos del Renacimiento y de la Contrarreforma son vivísimos en Alemania (Troeltsch,6 Burdach,7 Gothein,8 Vossler,9 etcétera.); y quien quiere seguirlos de alguna manera oye en ese movimiento los problemas morales del presente, buscando en algunos acontecimientos sus orígenes y su historia, y tomando de ello previsiones para el porvenir. Sobre todo se busca, a propósito del Renacimiento, si es esta época o la Reforma la que señalan el principio directivo de la Edad Moderna; y que los pensadores se dividen, porque van de aquellos que, manteniendo la fe en la tesis tradicional de la historiografía germánica, aseguran que el principio no es el Renacimiento, sino la Reforma; otros, siguiendo el trazo de Nietzsche, encuentran en el Renacimiento toda la fuerza positiva a la cual se debe la civilización moderna, y en la Reforma germánica no ven otra cosa que una revuelta reaccionaria y retrógrada que pervirtió el curso del Renacimiento, constriñendo a la Iglesia católica a defenderse con la Contrarreforma; y otros, en fin, unificando los dos movimientos, y no pudiendo por razones cronológicas hacer nacer el Renacimiento de la Reforma, hacen de esta un momento o una parte de aquel, la especificación en el campo religioso del principio general de la individualidad, que prorrumpe con el Renacimiento, y el retorno a las fuentes originarias, que para el uno eran las fuentes antiguas y clásicas, para los otros el judaísmo y el cristianismo de la Biblia. Pero tal controversia no es, como muchos creen, un mero hecho, y no se resuelve con solo datos sobre hechos y documentos históricos: esta concierne e implica el elemento interpretativo y conceptual, y a tal esfera necesita reportarla antes de pasar a las indagaciones propiamente históricas. No se requiere un gran esfuerzo para escoger, bajo los términos históricos y contingentes de «Renacimiento» y «Reforma», los términos ideales y fundamentales de tierra y cielo, hombre y Dios, individuo y universo, espíritu profano y espíritu religioso; donde se exige si el principio directivo y la fuerza positiva está en el primero o en el segundo, se reduce el uno al otro: si en la diada conceptual ahora recordada sea positivo el individuo o el universo, la tierra o el cielo, el hombre o Dios, y, por consecuencia, se comprenden como negativos los términos excluyentes.

Pero en aquella diada los términos son recíprocamente positivos y negativos, y permanecen correlativos y complementarios en una unidad dialéctica: el universo es impensable sin el individuo y el individuo sin el universo, la tierra sin el cielo y el hombre sin Dios. Por faltar o haberse descuidado el carácter de esta relación fundamental, ninguna de estas dos anteriores tesis enunciadas domina una a la otra; porque es claramente erróneo atribuir la esencialidad al primado de los afectos celestes o al afecto terreno, al sentimiento de sujeción del hombre a Dios o a la soberanía del hombre sobre las cosas, al querer mirar hacia el cielo o al querer mirar hacia la tierra. Y no rige ni siquiera una tercera tesis, que basa su argumento en hacer de uno de los correlativos una parte o un momento del otro, quebrando la fuerza de la correlación y de la recíproca oposición. Esto es, por ejemplo, algunas de las más genéricas opiniones, y quizá un engañoso espejismo, en el habitual deducir mediante un único impulso al retorno y la restitución que los humanistas procuraban de la obra de los antiguos romanos y griegos, y el retorno, que Lutero10 inculcaba, a las palabras de la Biblia. En este segundo caso no se trataba de un crítico que restituía la bella y genuina forma de un texto antiguo, sino de Lutero que, leyendo la Biblia, alumbrado por la gracia, descubría en aquellas palabras la verdad del alma cristiana, la cual divulga y proclama. El procedimiento de hermenéutica histórica era aquí, por lo tanto, aparente; y lo contrario, lo real, era la inspiración del Espíritu Santo. Aclarado este punto, negada así la exclusiva positividad como la superioridad de un término sobre otro, el problema histórico se configura en la representación de las variadas luchas y de las variadas armonizaciones de aquellos dos términos, no tanto en su desnudez conceptual, sino en que se traducen en concretos comportamientos del individuo, del grupo social, de la escuela, de las sectas, de los pueblos, de generaciones, y se percibe como fuerza o tendencia de ese ánimo, de ese dominio o predominio, y todavía unido siempre, en mayor o menor grado, en un modo o en otro, con la tendencia opuesta y correlativa. Cierto, aquella lucha y aquella armonización no se puede decir que faltase del todo en el Medioevo, ni siquiera en el Alto Medioevo, porque su absoluta ausencia sería la muerte de la humanidad y la historia, pero por otro lado es claro que aquella época fue distinguida por el intento de dar prevalencia a una de las formas en lucha, a lo universal, al cielo, a Dios; y Dios se hacía trascendente y correlativamente la vida terrena era deprimida, exaltándose no la conciencia y la práctica del mundo, sino la fuga del mundo, no el trabajo, sino la abstención del trabajo y la vida ascética y contemplativa. En la Edad Moderna, la prevalencia es dada por el contrario a la armonía de las dos fuerzas, que por tal vía se vienen convirtiendo entre las dos en inmanente: y la actuación siempre más plena de tal armonía en la idea y en las costumbres generales es, si se puede decir, el tema de la nueva historia de la humanidad. Es una historia todavía en acto, aún no concluida; todos nosotros vivimos dentro, sufrimos la armonía aún no lograda o aún no compacta, todos sentimos el esfuerzo de la nueva religión, que inclusive atrae a los videntes, aún no se le oye en los coros seguramente, a los falsos ídolos, que frecuentemente no toman el lugar, ídolos de la lujuria, de la ebriedad, ídolos de la violencia. Y, en ese recorrido, los sucesos de esta lucha ya seculares, observamos la unilateralidad contrapuesta a la unilateralidad, el desequilibrio al desequilibrio, la especificación a la especificación, y la armonía parcial o total, las ganancias, las pérdidas, las recuperaciones. Pero si se observa que la presencia de ambos principios, ambos son necesarios, y, a través de muchos contrastes y muchas colaboraciones, la continua profundización del tema, el refinamiento de las soluciones. Los campeones del Renacimiento italiano, según la fina observación de Burckhardt, si no distinguen con gran sagacidad el bien del mal, menos entendían qué cosa era el pecado, no probaban la picada del remordimiento, seguros de que con las acciones enderezaban las acciones; y frente a ellos estaba Lutero, siempre debatiéndose en la conciencia del pecado, siempre tomándola contra el diablo, no confiando, para salvarse, en las propias fuerzas, sino solo en la fe que justifica, sobre la gracia divina. Y Lutero, como algunos humanistas, desprecia la tristeza y celebra la alegría, condena el ocio y ordena el trabajo; pero, de otra parte, conduce a desconfiar y a hostilizar las letras y los estudios, por lo cual Erasmo11 pudo decir: ubicumque regnat lutheranismus, ibiliterarum est interitus; y cierto, si no era propio por el solo efecto de aquel rechazo por parte de su fundador, el protestantismo alemán fue por un par de siglos casi estéril en los estudios, en la crítica, en la filosofía. Los reformadores italianos, exactamente aquellos del círculo de Juan de Valdés12 y sus amigos, unieron sin esfuerzo el humanismo al misticismo, el culto de los estudios a la austeridad moral. El calvinismo, con su dura concepción de la gracia y de la dura disciplina, ni siquiera favorecía la libre búsqueda y el culto a la belleza; pero los académicos, interpretando, desarrollando y adaptando el concepto de la gracia y aquel de la vocación, llegaron a promover enérgicamente la vida económica, la producción y el acrecentamiento de la riqueza. Más tarde se podría añadir un caso de contraste entre Reforma y Renacimiento en la rígida moral kantiana, con su fondo ultramundano, al cual se contrapone la moral hegeliana, que se encuentra bajo la influencia del Renacimiento o, como quizás Hegel hubiera preferido decir, de la Hélade, luminosa y armoniosa, bajo la cual imaginaba los nuevos tiempos; y se suele juzgar que, si Kant niega demasiado el mundo, o sea, la pasión humana, Hegel restablece la unidad de lo real y lo ideal, de lo que no siempre se le reconoce demasiado haber santificado tal hecho. En otro sentido, igual acusación e imputación es atribuida a Goethe quien, en los logros de la nobilísima armonía humana, es partidario de introducir algo de esteticismo y diletantismo, manteniendo como extraños los esfuerzos y los contrastes sociales y políticos, por lo que del mismo modo que es agnóstico ante los problemas últimos; es un hombre del Renacimiento más que de la Reforma. El contraste y la realización de los dos términos se simbolizan a veces como aquello que hay de «Antigüedad» y «Medioevo», o de «paganismo» y «cristianismo»; o, en otras ocasiones, simbolizados como contraste y realización de «Italia» y «Alemania», de «latinidad» y «germanismo»; inclusive en aquello que no es susceptible de criticar, como la poesía simbólica. En efecto, se debe admitir, que al menos en cierto período de su historia, los dos pueblos representaron con motivos relevantes aquellas tendencias o los deseos de un impulso y la forma de movimientos opuestos; y aunque empíricamente tipificaban y clasificaban, a un pueblo se le atribuía la inclinación a uno de aquellos términos y al otro aquel otro. Pero cuando se puede hablar de lo serio, se cree que algunas actitudes son propiedad nacional, y el Renacimiento es considerado asunto del todo italiano y la Reforma cosa del todo alemana, para referir (como decía en su tiempo Hegel) a la interioridad, a la Innigkeit, del espíritu germánico (aquella Innigkeit, que los demás pueblos no poseían, ¡y los neolatinos poseerían por ser nacidos en medio de una mezcla entre romanismo y germanismo!), entonces está el riesgo de bajar una relación de ideal a material, un concepto de hecho contingente. Si bien el Renacimiento fue la principal obra de los italianos y la Reforma la de los alemanes, la una y la otra experimentan exigencias universales del alma humana; sus respectivas soluciones son siempre propuestas y revisadas con consenso y con alegría, pero siempre se renuevan los contrastes y las luchas entre ellos, y siempre se compone su armonía. El drama se desarrolla en el interior de cada uno de nosotros, que, de vez en vez, se llena de vida mundana y terrena, como única realidad o única belleza, haciendo que esta vida palidezca con la presencia de la otra, que aparece ultramundana; ora goza seguro de su propia fuerza, ora es un trato susceptible de la nulidad de esa seguridad, y siente que aquello que le parecía era su propia fuerza es en realidad una mano poderosa, que se la da o se la quita, y a la cual verdaderamente pertenece.

Este carácter humano y perpetuo, que encontramos en el Renacimiento y en la Reforma, falta a veces en la Contrarreforma, que se percibe como un concepto que no puede por sí solo estar en el mismo plano de los dos que le preceden. En aquellos dos, en efecto, se propugnan dos posturas ideales opuestas; pero con la Contrarreforma simplemente se defendía una institución, la Iglesia católica, la Iglesia de Roma: una gran institución que, en cuanto institución, no puede tener más la grandeza, o mejor, la infinitud de un eterno momento espiritual y moral. Pero por más que se busque, no se encontrará en la Contrarreforma otra idea que esta: que la Iglesia católica es una institución altamente saludable que debe conservarse y reafirmarse. Es de esperar que nadie querrá encontrar o alabar la exigencia de un sistema de verdad definido y definitivo, en el cual todos los pueblos y todos los individuos debían convenir, abandonando alguna tentativa de búsqueda, especialmente de pensar por cuenta propia; porque, si bien esta pretensión no ocurría exclusivamente en la Contrarreforma, y si bien tenía verdaderamente carácter universal, tanto que renace en todos o casi todos los filósofos (y a veces con repugnante carácter de injusta violencia práctica, como notan en aquel tiempo), renace con su orgullo, angustia y debilidad, o sea, como perpetuo motivo de error, perpetuamente criticado por el mismo movimiento histórico, por el mismo multiplicarse y renovarse de la filosofía y criticado igualmente en modo explícito y reflejo gracias a la moderna doctrina de la historicidad del pensamiento. La unidad mental del género humano se encuentra en esta misma historia, en el proceso unitario de sus contrastes; y quien quiere una unidad diferente, lo hace igual que algunas utopías que vaticinaban la muerte de los diversos y vivos lenguajes para sustituirlos por una lengua única y artificial. La idea eterna, por la que se habla de y se niega a la Contrarreforma, es por eso mismo una idea positiva y no negativa, una verdad y no un error, una categoría eterna de la verdad y no una eterna categoría del error. Inclusive sería imposible escoger en la Contrarreforma aquella exigencia perpetua del corazón y de la fantasía con que la restauración del siglo xix formó el afecto al pasado y a la tradición, porque la Contrarreforma fue totalmente práctica, intelectual y moral, privada de cualquier hálito de nostalgia. Rasgos románticos se encuentran reseñados en el Renacimiento y en la Reforma; pero ninguno se ha intentado ni siquiera señalar en la Contrarreforma, mucho más despiadada que el Renacimiento y la Reforma contra el Medioevo, como prueban sus monumentos, con los que, para alcanzar los efectos prácticos que tenían en sus miras, destruían y, peor aún, contaminaban los monumentos de la edad precedente y de la venerada cristiandad medieval. Con aquello no se quiere decir que la Contrarreforma no fuese benéfica, es decir, que no ejerciese un deber histórico no solo necesario, sino positivo: positivo como defensa de una institución y por eso mismo en el campo de lo contingente y del hombre de la calle. El movimiento del Renacimiento era demasiado aristocrático, de círculos elitistas, y en la misma Italia, que fue madre y nutricia, no salió de los círculos de la corte, no penetró hasta el pueblo, ni devino costumbre o «prejuicio», o sea, persuasión y fe colectiva. La Reforma, por el contrario, si bien tenía esta eficacia de penetración popular, la pagó con un retraso en su desarrollo intrínseco, con la lenta y mucho más interrumpida maduración de su germen vital. No es lícito continuar con la confusión entre aquello a lo cual la Reforma debía lógicamente conducir y a lo cual en cierta medida podía llegar en condiciones más favorables, solo por el apoyo de su elemento opuesto, el Renacimiento, no es enteramente previsible ni siquiera en nuestros tiempos. Las iglesias protestantes y reformadas persistieron entre aquello que pudiera llegar a ser o deviniera en el porvenir, y aquello que era en su primera o segunda época entre los siglos xvi y xvii. En ese entonces la Reforma no era ni subjetivismo e instauración del libre pensamiento y de la tolerancia religiosa, ni liberación de los señores y del papismo, sino que así contraponía una teología a la otra y un papismo al papismo. Y los nuevos papismos fueron la variada y arbitraria interpretación de la Biblia, seleccionada e impuesta por los varios fundadores y directores de la iglesia: quod illis est Papa (decían), nobis est Scriptura. Así esto se prueba, en su primera época, más capaz de disolver que de organizar, más atenta a llevar revoluciones y guerras que a establecer una nueva y superior paz, más fecunda en desunión que en unión. Este espíritu de desenvolvimiento y de desunión era más peligroso y pernicioso en cuanto interfería en la vida civil y política de los pueblos, y turbaba gravemente, introduciendo la división entre los ciudadanos de una misma ciudad y los súbditos de un mismo estado, rindiéndolos recíprocamente al escándalo y la desconfianza, haciendo general en toda Europa aquel mal del cual solo entonces había sufrido España, quien para salvar la propia firmeza y concordancia nacional, recurre al remedio heroico de expulsar en masa a los judíos y a los moros. Se sabe cuáles fueron las tremendas consecuencias de la Reforma, que puso en cabeza de la guerra de los Treinta Años, la prosperidad y la civilización de Alemania; se sabe que en Francia el parlamento toma rápida posición contra los heréticos, no por celo de la ortodoxia, sino por temor a la guerra civil, a la que después cedieron, combatieron y prolongaron al máximo; se sabe cuánto Inglaterra misma sufriría de los contrastes, primero con los papistas y después con los puritanos. Un siglo entero de la vida europea es cubierto de tensiones teológicas, que fueron las ásperas guerras de religión. La Reforma descendió al terreno de la antigua Iglesia, empuñando sus mismas armas (señoríos y teología, creencia en los ángeles, en el diablo y en la hechicería), persiguiendo a la par de esta o peor a sus adversarios con la inquisición, las hogueras y alguna suerte de suplicios y torturas, recurriendo como aquella a los soberanos y a los brazos seculares, transigiendo como aquella por convención mundana con la norma de la moral, incurriendo en la misma hipocresía; ¿cuál razón habría podido inducir a la Iglesia de Roma a confesarse inferior y a cederle el objeto de la disputa? En el fondo la teología de Roma era menos insípida que aquella de los protestantes; su teoría de la gracia, tan teológica como la otra, portaba una dificultad diferente, pero no mayor que la que portaba la teología luterana y calvinista; la historiografía de sus Baronios13 se mostraba más ducha y no menos crítica que la de los centuriones de Magdeburgo; la lógica de los Bellarminos más sólida que la lógica de los biblistas, a los cuales oponía que la interpretación genuina no era posible sin la continuidad hermenéutica, es decir, sin la continuidad de la Iglesia; su latín era, en general, mejor que el latín de los protestantes; su cultura más antigua y versátil; su diplomacia más inteligente y más fina; los hombres de entusiasmo y de sacrificio podían ponerse en pelotón o mandar en la batalla, no eran inferiores ni por número ni por valor a los apóstoles de la Reforma, y quizá superiores, como es superior un viejo ejército, fuerte, de larga tradición y de honrada memoria respecto de las tropas de rebeldes y voluntarios. Y a la Iglesia de Roma la inmadurez de sus adversarios abría un campo grande y fecundo, porque le daba la ocasión de salvar, persiguiendo sus propios fines, cuanto más se podía, la unidad nacional, comprometida o disminuida por los esquemas de los reformados; y esta labor se cumplía en Italia, en España, en Francia y en los dominios de la casa de Austria, apoyando a los soberanos y apoyada por ellos mismos. Si reflexionamos, como italianos, por razones así celosas de nuestra unidad, por la que largamente suspiramos y después de largos trabajos logramos, tendríamos algún motivo de histórica gratitud hacia la Iglesia católica y los jesuitas, que apagaron el pábulo de la división religiosa y su acceso a nuestra tierra, impidiendo que a otros contrastes y disensos se uniera el de la religión (por ejemplo, de un septentrión protestante y de un mediodía católico o de otro tipo), y entregaron Italia a los nuevos tiempos, totalmente católica y dispuesta a convertirse, reaccionando al clero, en ilustrada, racionalista y liberal: de un solo color antes, de un solo color después. Y, otro deber político, la Iglesia de Roma mantiene una fuerte disciplina ética en los pueblos sobre los cuales ejerce su tutela, conservándolos en la antigua fe; la cual es de poner en la balanza de frente a los desórdenes que, tras sus ímpetus religiosos y morales, produce la Reforma, acusada por muchos, entre ellos Giordano Bruno,15 de haber dejado «tantos pueblos… más bárbaros y perversos que lo que eran antes, despreciadores del buen hacer y prisioneros de algunos vicios y rivalidades, por las conclusiones que salen de premisas similares». Y la Contrarreforma sirvió también en gran parte para la cultura del Renacimiento, de la cual la Reforma era considerada su madrastra, conservando la buena literatura y el bello estilo amado por los humanistas, y la erudición filológica y el culto de las artes figurativas y arquitectónicas. Como sucede en los organismos robustos, el mismo ataque, que debe sostener, movido por la Reforma, las acusaciones, las contumelias, las insidias, las guerras se transformaron para la Iglesia de Roma en fuentes de nuevo vigor, porque ello determinó y mejor reconfirmó sus dominios y dio a sus seguidores la certeza de la fe, quitó los abusos de alguna especie, castigó a su clero y a sus hermanos, proveyó de buena preparación a los sacerdotes en los seminarios diocesanos, promovió obras de caridad y de asistencia social. Y el triunfo coronó su obra, y aquella Iglesia católica que, en busca de la metas del siglo xvi, estaba a riesgo de trastornarse y disiparse, y veía a muchos de sus prelados inclinarse y tender hacia los reformados, y que el cardenal Morone16 lamentaba perdida, pocos decenios después había restado poder a los progresos de la Reforma, se sentía el muro de renovada dignidad y eficacia, se irradiaba de la gloria de casi una nueva cruzada en la victoria de Lepanto,17 y con la misión de los jesuitas adquiría para el catolicismo y para la civilización europea entera regiones del nuevo mundo y penetraba en la India, en China y en Japón. Si la Reforma había podido creer lanzar las viejas enseñanzas como hierros viejos, la prueba en contrario era que el viejo hierro era una espada de sólido temple, lo cual se facilitaba si restituía parte de su brillo y podía exigir, como exigió, una mejor labor en la vida moral y civil de los pueblos.

El sentimiento de la verdad ha movido a los historiadores modernos a reconocer la compleja obra de la Contrarreforma, de la cual hemos tocado los puntos capitales: sentimiento de verdad, no distante de la sobreviviente compañía del valor caballeresco de rendir honor al antiguo adversario, quien en el ardor de la lucha, había sido calumniado o mal juzgado. Pero el mismo sentimiento de verdad induce, replegando el hilo del discurso, a confirmar que en el movimiento se defendía, se afianzaba y reforzaba, así como se impulsaba a una nueva y gallarda vida, una institución históricamente dada, pero que no se devolvía, como habían hecho el Renacimiento y la Reforma, a las eternas fuentes del humanismo para crear nuevos pensamientos y nuevos testimonios espirituales y morales. La Contrarreforma tomaba lo que necesitaba y le convenía, sobre todo: del humanismo, de la cultura clásica, de la política del Renacimiento, la Razón de Estado y las artes de la prudencia; otras cosas de los ideales del Renacimiento como el cuidado de las cosas mundanas y la acción práctica, los preferirá a la vida contemplativa; de la Reforma, la rígida corrección de las costumbres, la disciplina eclesiástica; y así lo demás. Aportó como propio únicamente, como elemento directivo y cohesivo, la sagacidad: virtud que Ignacio de Loyola18 sobre toda otra cosa buscaba para los fines de la sociedad por el fundada, la «compañía», como él la denominó con un término militar, pues era una milicia política. Y, en efecto, el acuerdo político es el trato que sintetiza en el pensamiento común todo el movimiento de la Contrarreforma, y el jesuita, alegre y prudente, flexible y tenaz, que no pierde de vista los intereses de la Iglesia de Roma y observa los medios con tal que conduzcan a tal fin, no es por ello la figura representativa más popular. Pero la habilidad política no representa un nuevo comportamiento o un crecimiento mental o moral, si bien quizá entonces era la fuerza necesaria para la defensa de la gran institución, con la que la Contrarreforma impedía su pernicioso disgregar. La intrínseca naturaleza política de su obra, que todo hace suponer era el fin de sus logros, explica la aridez intelectual y moral que la acompañó, lo cual se hace evidente al comparar la fertilidad lujosa que se infunde en el Renacimiento con la más íntima o menos abundante y más lenta, pero no menos productiva, de la Reforma. Ningún gran libro, del que se revele con más profundidad el hombre al hombre pertenece a la inspiración de la Contrarreforma; ningún poeta, ni siquiera Torcuato Tasso (aliado de los jesuitas y autor de poemas sacros), el voluptuoso y caballeresco Tasso; ningún artista, porque el arte del seiscientos, cuando no sirve a fines prácticos y a pesar de manifestarse con exquisitez, aparecía abiertamente sensual. Hombres austeros, heroicos misioneros, almas cándidas y generosas abundaron ciertamente entonces en la Iglesia de Roma; pero no se trataba de esto: a algunos hombres virtuosos les faltaba la inventiva moral, la facultad de crear nuevas y progresivas formas de vida ética. Aún más y sobre todo cuando los jesuitas se hicieron abanderados de la libertad de los pueblos demostraron incapacidad para suscitar nuevas costumbres morales, porque a su libertad le faltaba autonomía, y los pueblos eran instigados si no contra los soberanos, si a que estos y aquellos se sujetaran a la Iglesia. La Contrarreforma no podía dejar plenamente las fuerzas que utilizaba, políticas, artísticas, críticas, científicas, filosóficas, pues en aquel desplegarse, ellos sabían que necesariamente se revolvía contra sus propios fines; y por eso la vigilaban, la refrenaban y la enderezaban; y por ello, la pervertían y la falsificaban completamente, proveyendo, con diferentes apariencias, no otro instrumento que su propia política. Tal como es conocida, era este también el defecto de la educación jesuita, por grande que fuera la pericia técnica y el ingenio de los medios adoptados. La política jesuita finaliza, ignara, ejercitándose hasta contra Dios, es decir, contra las leyes morales que Dios establece, que ellos (los jesuitas) hábilmente toman para defraudar en su mal afamada casuística, la teoría del entorno bajo la dirección de la intención. Pero, mientras la Contrarreforma oponía reparos al movimiento disolvente de la Reforma y suplía las necesidades sociales con las obras propias a cuanto la Reforma y el Renacimiento, con su diversa pero igual inmadurez, no estaban aún en grado de satisfacer; sin embargo, dos principios ideales continuaban desarrollándose: el pensamiento junto con el sentimiento moderno y la religión de los nuevos tiempos crecían irresistiblemente. Si se desarrollaban y crecían directamente por virtud de los hombres nuevos, que surgían en alguna parte de Europa, pero sobre todo en los países que la Contrarreforma no tenía bajo su gobierno, y en los cuales se refugiaron los italianos perseguidos por la Inquisición, aportaron su pasión y los frutos de su culto y sereno intelecto: hombres nuevos, que reunían en sí mismos alguna exigencia de la Reforma y alguna del Renacimiento, y encontraban su punto de apoyo en eso que se comenzó a llamar, de vez en cuando, la religión natural y la «razón». Y, en ese desarrollarse y crecer, que dos príncipes y su hijo, el racionalismo o el iluminismo, recibieron un fuerte impulso de las disparatadas guerras de religiones, por los daños que llegaron a acarrear, y sobre todo por el estancamiento que generaron. La idea de tolerancia, que habían propuesto, ya un siglo antes, algunos espíritus elegidos (primero entre esos italianos, como los Socini,19 tal como se encontraba la tolerancia expresada en el siglo dieciséis en «el dogma sociniano»), se convierte en realidad política: la tolerancia, que no significa como algunos imaginan, la renuncia a la defensa o al ataque en la afirmación de la verdad, en suma, a la indiferencia que se estaba estableciendo en las clases intelectuales y era rebajada por aquellos que se atenían a los contrastes teológicos, que hacían que la renuncia a los medios de defensa o ataque resultaran ineficaces y parecieran inútilmente crueles y odiosos. No se puede descuidar, en la historia del desarrollo y crecimiento de aquellos principios y de los orígenes del racionalismo, el concurso involuntario y negativo que brindó la Contrarreforma y exactamente los jesuitas, su literatura y su método de educación, así el persistente humanismo y el estudio de los antiguos escritores romanos y de la historia romana, como por aquello que era relevante y excitante dentro de sus mismas limitaciones y prohibiciones; de donde ha devenido hasta la saciedad el dicho de que «de las escuelas de los jesuitas salieron los pensadores liberales», y para comenzar por el conocimiento, no se puede olvidar que de sus aulas salió Renato Descartes.20 En el seno mismo de la Iglesia católica se introdujo la levadura del jansenismo,21 adverso al jesuitismo, al cual fue imposible culpar como herejía dogmática, pues no era otra cosa, gracias a su influencia agustiniana, que el soplo del espíritu de Lutero, y si bien era antiintelectual en cierta tendencia y forma, se confunde con el racionalismo y el iluminismo. Después de la Guerra de los Treinta Años,22 la Contrarreforma se puede considerar virtualmente agotada; la Iglesia católica sale de esa guerra como una iglesia entre las iglesias, y lo que es más, lo que se viene a erguir como nueva iglesia, como universal, será la Iglesia de la Razón, la cual quiere instituir a su servicio un ejército político, utilizando el modelo de la «compañía» que Ignacio de Loyola había instituido, se instaura la libre albañilería o la masonería. Más tarde la Iglesia católica tendría que licenciar a sus pretorianos con la abolición de la compañía; y entonces verdaderamente fue vencida, dejando las armas a los «filósofos» —quienes habían impuesto, por medio de sus soberanos por ellos educados y guiados— para su abolición. Vencida y sometida, pero no destruida, porque como vemos en el presente ella continúa cumpliendo múltiples deberes morales y políticos, que no se sabría de cuál modo, al menos por destino y por un largo trecho, sustituir; aún hoy la obra de la Contrarreforma madura frutos de utilidad social.

 

Notas

 

  1. Este escrito corresponde a la primera parte de la introducción de la obra de Benedetto Croce: Storia dell’età barocca in Italia, Adelphi Edizioni, Milano, 1993, pp. 17–37, versión libre del original italiano de
    Luis Felipe Jiménez.
  2. Benedetto Croce (Pescasseroli, 1886–Nápoles, 1952), probablemente el filósofo más importante de la escena cultural italiana de la primera mitad del siglo xx, también fue un extraordinario historiador y activo político. Después de su paso por el marxismo bajo el influjo de Labriola, construye un sistema idealista de inspiración hegeliana conformado por cuatro vertientes: la estética (Estetica como scienza dell’espressione e linguistica generale), la lógica (La logica come scienza del concetto puro), la economía y la ética (Filosofia della practica económica ed ‘etica), elaborada entre 1902 y 1909. En 1903 funda la revista La Critica en la que colabora Giovanni Gentile, quien sería ministro de instrucción pública de Mussolini, del que se distancia por diferencias políticas hacia 1924, alejándose también de la vida pública hasta la caída del fascismo. Retorna después de finalizada la Segunda Guerra colaborando con la reconstrucción del partido liberal hasta su retiro en 1948 (N. del Tr.).
  3. Durante la Edad Media y el Renacimiento, las ciudades estado italianas estuvieron divididas políticamente entre los partidarios del papa, llamados güelfos, y los del emperador germánico–romano, denominados gibelinos. Croce destaca así la presencia en la Italia del siglo xix de un liberalismo moderado, pero que no deja de ser católico, y un catolicismo pro papista y marcadamente conservador (N. del Tr.).
  4. Jacob Burckhardt (1818–1897), historiador suizo, escribió obras que constituyeron un hito en la historiografía del siglo xix, como La época de Constantino el Grande (1850), Cicerone (1855) y la Cultura del Renacimiento en Italia (1860), obra con la que —quizá junto con la obra de Jules Michelet— se acuña el término «Renacimiento» como período histórico definido (N. del Tr.)
  5. Leopold von Ranke (1795–1886), historiador alemán, introductor del positivismo como método de investigación histórica. Son famosas sus monumentales obras, entre ellas La historia de los pueblos romanos y germanos (1824), Historia de los papas romanos (1834–1836), Historia de Alemania durante la Reforma (1839–1847) (N. del Tr.).
  6. Ernst Troelstch (1865–1923), considerado el último representante del protestantismo liberal, estudió a profundidad la obra de san Agustín, las doctrinas sociales de las iglesias y la religión de Kant; recibió el influjo de W. Dilthey y de Max Weber. En español es conocido su pequeño trabajo El protestantismo y el Mundo Moderno (N. del Tr.).
  7. Carl Ernst Konrad Burdach (1859–1936), filólogo e historiador alemán. Escribió su famosa complilación Vom Mittelalter zur Reformation (1893) en siete volúmenes y Reformation, Renaissence, Humanismus (1918) (N. del Tr.).
  8. Eberhard Gothein (1853–1923), economista e historiador alemán, entre sus obras destaca Die Renaissance in Süditalien (1924) (N. del Tr.).
  9. Karl Vossler (1872–1949), filólogo alemán, influenciado por Benedetto Croce, escribió Positivismo e idealismo en la ciencia del lenguaje (1904) y Civilización y lengua de Francia (1924), tradujo al alemán la Divina Comedia (N. del Tr.).
  10. Martin Lutero (Eisleben, 1483–1546), teólogo alemán. Sus ácidas críticas dirigidas contra la disipación moral de la iglesia de Roma, especialmente en lo que tenía que ver con el comercio de bulas, le valieron su excomunión en 1520, pero lo llevaron a ser la cabeza visible del movimiento que se conoce como la Reforma, el cual rechaza la autoridad del papa y aspira a retornar a la espiritualidad del cristianismo primitivo (N. del Tr.).
  11. Desiderio Erasmo de Rotterdam (1466, Rotterdam–1536, Basilea), pensador humanista, filólogo y moralista, campeón del escepticismo moderado, no admite la Reforma de Lutero y escribe en su contra De libero arbitrium diatribe (1524), la cual recibe como respuesta del exfraile alemán, el escrito de De servo arbitrio (1525). Con todo, Erasmo estaba a favor de una reforma al interior de la Iglesia católica tanto en su piedad como en su institucionalidad y así lo expresa en sus obras morales, de las cuales se recuerda hoy en especial el Elogio de la necedad. La obra y la postura de Erasmo generó desconfianza en los extremos recalcitrantes en contienda, en tanto era el modelo moral y religioso para humanistas y reformistas moderados (N. del Tr.).
  12. Juan de Valdés (Cuenca, 1499–Nápoles, 1541), humanista español, muy cercano al pensamiento de Erasmo, aunque no tanto como su hermano Alfonso, sin embargo, su obra Diálogo de doctrina cristiana, nuevamente compuesto por un religioso (1529, anónimo), fue denunciada ante la Inquisición. Su obra influyó al beato Juan de Ávila y en Fray Luis de Granada (N. del Tr.).
  13. Cesare Baronio, (Sora, Reino de Nápoles, 1538–Roma, 1607), llamado padre de la historia eclesiástica. Su obra monumental y más famosa son los Annales Ecclesiastici (N. del Tr.).
  14. Roberto Bellarmino (Montepulciano, 1542–Roma, 1621), polemista antiprotestante y jesuita, fue el encargado de orientar los procesos contra Giordano Bruno y Galileo Galilei. Se le santificó en 1930 y se le declaró doctor de la Iglesia en 1931 (N. del Tr.).
  15. Giordano Bruno, nacido en Nola, Nápoles en 1548. Este filósofo italiano, promotor de ideas como el universo infinito, el heliocentrismo copernicano junto a un panteísmo y un naturalismo de corte atomista y lucreciano cuando no bajo el influjo de presocráticos como Anaxímenes, Heráclito, Empédocles y Anaxágoras, después de un proceso de ocho años iniciado en Venecia, al negar a retractarse de sus opiniones religiosas y científicas, murió condenado en la hoguera en el Campo de Fiore, el 17 de febrero de 1600 (N. del Tr.).
  16. Giovanni Girolamo Morone (Milán 1509–1580), obispo de Módena en tiempos de Pablo III, combatió al protestantismo doctrinal, sin embargo, su valoración de una obra dudosa como Del beneficio de la muerte de Cristo, de probable inspiración valdesiana, lo llevó a prisión junto con dos obispos y el cardenal Pole, en tiempos del papa Pablo IV. Siendo liberado por su sucesor, Pio IV y nombrado como uno de los presidentes del Concilio de Trento (N. del Tr.)
  17. Batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571) representó el triunfo más significativo de la Liga Santa contra el Imperio otomano, con la cual se consiguió frenar por un tiempo su expansión sobre el Mediterráneo. La Liga dirigida por el hermano medio de Felipe II, Juan de Austria, lideraba tropas de España, Estados Pontificios, la República de Venecia, la República de Génova, la Orden de Malta y el Ducado de Saboya, es decir, constituía una coalición católica que, como señala Croce, se asumía como una nueva cruzada, aunque no dejaba de ser anacrónica para estos tiempos en que la Iglesia católica se había fragmentado a causa del protestantismo y un bastión católico como Francia no apoyaba la coalición (N. del Tr.).
  18. Íñigo López de Loyola, conocido como Ignacio de Loyola (Loyola, 1491–Roma, 1556), fue un líder religioso español después de haber sido militar. Se convirtió en la cabeza visible de la Contrarreforma, mostrando tal devoción por la Iglesia católica que caracterizó su obediencia al papa como absoluta. Fundó la Compañía de Jesús para cumplir con su misión restauradora y escribió los Ejercicios espirituales, obra cuya influencia posterior en el mundo espiritual se le atribuyen alcances más allá de los límites religiosos.
  19. Lelio y su sobrino Fausto Sozzini, teólogos del siglo xvi, impulsaron ideas restauradoras del cristianismo original, señalando el carácter idolátrico de prácticas y doctrinas de la Iglesia romana. Hicieron una interpretación racionalista de corte erasmista y próxima a Juan de Valdés sobre los primeros libros de la Biblia y del Nuevo Testamento, enfatizando en una postura antitrinitaria que se difundió en Suiza, Polonia y Transilvania y posteriormente en Holanda (N. del Tr.).
  20. Renato Descartes (La Haye en Touraine, 1556–Estocolmo, 1650), estudió con los jesuitas en La Fléche, desde 1604 hasta 1612) (N. del Tr.).
  21. Jansenismo: movimiento de reforma religiosa que se da en Francia entre los siglos xvii y xviii. Toma su nombre del teólogo flamenco y obispo de Ypres, Jansenio, quien se basa en las ideas más estrictas del pensamiento de Agustín de Hipona, defendiendo la predestinación absoluta. La doctrina jansenista considera que los individuos son incapaces de hacer el bien sin la ayuda de la gracia divina, están destinados para ser salvados o condenados y al final solo unos pocos serán los elegidos. Su proximidad doctrinal al calvinismo hizo que se desconfiara de ellos a pesar de afirmarse católicos. Desde 1640, el convento de Port–Royal fue su centro espiritual más importante, víctima de la hostilidad de los jesuitas y del gobierno francés, a pesar de la defensa que haría de este movimiento su líder Antoine Arnould y el prestigio que le brindó la figura del filósofo Blaise Pascal, en 1709 el convento fue clausurado y arrasado (N. del Tr.).
  22. Guerra de los Treinta Años: se denominó así a la guerra que se sostuvo entre católicos y protestantes durante los años de 1618 y 1648, la cual asoló el centro de Europa, especialmente Alemania. En ella intervinieron todas las grandes potencias, especialmente el Imperio germánico–romano y la monarquía española como representantes del catolicismo romano y de la casa real de los Habsburgo contra los principados alemanes, Dinamarca, Inglaterra, Holanda y Suecia en defensa de la causa protestante, apareciendo en el escenario a última hora las fuerzas francesas, en el papel católicas, pero que al final se inclinaron abiertamente en favor de los protestantes, erigiéndose en el tratado de Westfalia que puso fin a la guerra, como la nueva potencia triunfante (N. del Tr.).

 

Benedetto Croce

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